Durante gran parte de la historia argentina, la democracia se redujo a una simple explicación que nos daban en las clases de Educación Cívica o materias similares. Y la teoría nos enseñaba que democracia provenía del antiguo griego y fue acuñado en Atenas en el Siglo V a.C. a partir de los vocablos d?mos (que puede traducirse como “pueblo”) y krátos (que puede traducirse como “poder”). Pero la práctica nos pegaba duro, la realidad que vivíamos era muy distinta. Desde 1930, con la primera interrupción democrática tras la sanción de la Ley Sáenz Peña, nuestra institucionalidad transcurría entre democracias débiles, condicionadas y dictaduras militares de diversa intensidad. Los gobiernos que elegíamos asumían con la amenaza constante de terminar anticipadamente. Los militares y algunos sectores sociales no dudaban con cortar de raíz los gobiernos cuando algunos intereses parecían afectados.
democraciaDecir que llegamos a treinta años de ejercitar la democracia en forma ininterrumpida en un país como Argentina, son palabras mayores. Y para que esto tenga la dimensión correcta debemos agregar que no hay posibilidad de que alguien piense que interrumpir un gobierno a la fuerza sea la solución para ningún problema. Por supuesto que llegar esta conclusión como sociedad nos costó sangre, y en el sentido más literal.
Podemos mencionar los fusilamientos de la Revolución Libertadora en el 56, el exilio de gente de la cultura y la educación durante el Onganiato y los miles de desaparecidos del Proceso. Y, por supuesto, cómo olvidar a esos pibes que recién se asomaban a la juventud y tuvieron que ir a pelear una guerra absurda, armada por un gobierno militar en retirada que se apropió de una causa justa para aferrarse a un poder que no le pertenecía.
Para muchos de nosotros ese es el primer recuerdo claro de un gobierno militar, sin entender cabalmente qué era lo que estaba pasando. No lo comprendíamos en ese momento y, ni nosotros ni los adultos, podían saberlo: era el comienzo de una nueva etapa. Tras esa derrota no quedó otro camino que la democracia y la decisión en manos de la gente.
alfonsin-1983Octubre de 1983 fue histórico por el hecho de que volviera la democracia y, más allá de que el radicalismo venciera por primera vez sin proscripciones al justicialismo, con el paso del tiempo se le sumó más historia y simbolismo: ser el punto de inicio de la democracia argentina sin quiebres y sin marcha atrás. Unas elecciones únicas e irrepetibles.
Y la sensación de vivir en democracia varía según la edad. A los que pasaron y sufrieron más de un gobierno autoritario la libertad es un bien preciado que defienden con fuerza. Las edades intermedias tiene un recuerdo más difuso, las emociones son distintas, los recuerdos más vagos, llevados por la experiencia transmitida por los mayores.
La cuestión es absolutamente distinta con los argentinos de poco más de 30 años. Para ellos la vida es democracia. No recuerdan otra clase de gobierno que el que el pueblo elige para bien o para mal. Y es maravilloso que no conozcan otro. Tienen la posibilidad de expresarse en las urnas, de demostrar si están contentos o hartos de la corrupción y la mentira que suele vivir en la política. Ojalá mi generación no viva con miedo como aquella de mis abuelos y mis padres, y que haya aprendido a convivir democráticamente.
elecciones_8Por supuesto que tener gobiernos democráticos no es una panacea pero ayuda para dejar los errores del pasado y los horrores que se vivieron. Es una tarea de todos los ciudadanos y los gobernantes dejar atrás las divisiones y no ver al otro como un enemigo. Justamente, es lo que debe diferenciar una democracia de una dictadura: la capacidad de respetar y aceptar al que piensa distinto. El poder vivir sin miedo ayuda a la convivencia y estimula el debate que nos enriquece.
Y los alumnos hoy en día pueden ver que lo que se les enseña se asemeja un poco más a la realidad. Los estudiantes hablan y participan, tienen una posición dentro del mapa político y defienden sus ideas. Es una buena medida para creer que esta práctica ciudadana está instalada en nosotros y para siempre. Gracias a Dios, las urnas ya no están bien guardadas, como dijo en algún momento de locura y soberbia algún militar.
El desafío está planteado, después de 30 años hay que recordar más que nunca la frase de Raúl Alfonsín: «Con la democracia se come, se cura y se educa». Si nos respetamos podemos lograr que la democracia nos otorgue eso y mucho más. Y, por una vez, no vamos decir como en los brindis ¡Por 30 años más de democracia! Vamos a pedir por una vida entera en Democracia, con mayúsculas.