«Jamás Besada»: Josie Grossie no more

De toda la extensa lista de películas que dejó la década de 1990 siempre encontramos clásicos indiscutibles. Generalmente, cualquier repaso comienza con “Mujer Bonita” como la gran comedia romántica que abrió la década, impulsada por la innegable química entre Julia Roberts y Richard Gere. Si seguimos navegando por la memoria de aquellos años aparecen títulos como “Sintonía de amor” o “Cuatro bodas y un funeral”.

Si nos detenemos específicamente en 1999, dos comedias suelen monopolizar la conversación: “Un lugar llamado Notting Hill”, un éxito inmediato de taquilla, y “10 cosas que odio de ti”, convertida con los años en una película de culto. Acá no se trata de discutir el lugar que ambas ocupan, sino de reivindicar una película que merece mucho más reconocimiento: “Jamás Besada”, su director es Raja Gosnell, quien anteriormente había trabajado como montajista en películas como “Mujer bonita”, las dos primeras entregas de “Mi pobre angelito” – dirigiendo una tercera entrega muy regular – y “Papá por siempre”. Más adelante dirigiría otras comedias familiares como “Mi abuela es un peligro” y las películas live-action de Scooby-Doo. En definitiva, es un director que conoce muy bien los códigos de la comedia, aunque no siempre con los mismos resultados.

Estrenada en 1999 y opacada por aquellos títulos estrenados al final de la década, este filme está protagonizado y producido por Drew Barrymore, que venía de demostrar su enorme carisma dentro de la comedia romántica al coprotagonizar “El cantante de bodas” junto a Adam Sandler. El elenco también reúne nombres como John C. Reilly, Molly Shannon y David Arquette, además de pequeñas apariciones de actores que ganarían mucha notoriedad durante la década siguiente, entre ellos Octavia Spencer, Jessica Alba y James Franco. En cuanto al interés romántico, el personaje recae en Michael Vartan, quien alcanzaría mayor popularidad pocos años después gracias a la serie Alias (2001-2006).

La premisa es básica. Drew Barrymore interpreta a Josie Geller, una periodista de 25 años redactora del Chicago Sun-Times que, pese a trabajar en uno de los diarios más importantes de Estados Unidos, siente que aún no logró demostrar todo su potencial profesional. Con la esperanza de convertirse en una periodista reconocida, acepta infiltrarse en una escuela secundaria haciéndose pasar por una estudiante de 17 años para investigar la realidad adolescente de ese momento y la misión termina obligándola a enfrentarse con los traumas y las inseguridades que marcaron su propia adolescencia.

Esta comedia es, en esencia, una historia romántica, pero su mayor virtud es que nunca se apoya exclusivamente en un relato de amor. El romance está presente, pero permanece en un segundo plano, escondido detrás de un falso coming of age en donde el verdadero conflicto pasa por la posibilidad de corregir las heridas del pasado. Si bien puede sonar a lugar común, es algo que evidentemente puede distinguirla del resto de los largometrajes mencionados.

Es una película que conserva varios de los elementos clásicos de la comedia romántica de fines de los noventa ya que, Josie Geller es presentada inicialmente como una protagonista poco atractiva físicamente, según la mirada del director, con un vestuario deslucido, un maquillaje apagado y una personalidad extremadamente insegura. Vive sola, tiene un círculo social muy reducido y apenas cuenta con una amiga, rasgos que la ubican dentro del estereotipo de la «perdedora» que el género suele utilizar como punto de partida.

Del mismo modo, el vínculo con su profesor se desarrolla a través de miradas, silencios y lecturas de escritos clásicos antes que declaraciones explícitas, generando una tensión que el espectador identifica desde el comienzo. Es un aspecto bastante debatible visto desde la sensibilidad actual, ya que quien desarrolla un interés romántico por ella también es es su profesor varios años mayor.

A medida que la investigación avanza, el relato incorpora un fuerte componente dramático utilizando una serie de flashbacks que reconstruyen el maltrato y la humillación que sufrió durante su adolescencia. De esta manera, el eje narrativo deja de ser la relación alumno-profesor para transformarse en un proceso de reconciliación con su propio pasado.

El vínculo amoroso no representa la meta de la historia, sino la consecuencia del crecimiento emocional de la protagonista, quien intenta superar las heridas que durante años condicionaron su desarrollo emocional y que la llevaron al lugar en donde se siente ahora. Es justamente esa combinación entre comedia romántica, “falso” relato de iniciación (coming-of-age) y drama la que convierte a “Jamás Besada” en una propuesta singular dentro de las comedias románticas de aquella época.

En la actualidad estamos bombardeados de producciones que, pese a contar con mayores recursos técnicos y una imagen visual impecables – tan impecables que pueden resultar demasiado “plásticas” y falsas –  suelen apoyarse en fórmulas narrativas previsibles porque los personajes parecen construidos a partir de estereotipos contemporáneos lo que dificulta generar una verdadera empatía con ellos y, en consecuencia, con el conflicto que atraviesan provocando en consecuencia que el espectador no conecte con la historia o no compre el romance que se le está imponiendo.

Al mismo tiempo, es evidente que las transformaciones socioculturales modificaron la forma de representar los vínculos, el humor y las relaciones amorosas. Esa mayor sensibilidad hacia determinados temas resulta comprensible e incluso necesario, pero en ocasiones, esa constante búsqueda de corrección termina por condicionar la libertad narrativa y hace que algunos conflictos o diálogos se perciban extremadamente calculados y por lo tanto, pierdan credibilidad. “Jamás besada”, con todas las marcas propias de su época e incluso con algunos aspectos que hoy podrían discutirse, conserva una espontaneidad emocional que le permite seguir conectando con el espectador y la película permanece vigente porque habla del miedo al rechazo, de la necesidad de aceptación y de la posibilidad de reconciliarse con uno mismo.

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