En la década de los noventa, tras el éxito arrollador que tuvieron películas como “Cuando Harry conoció a Sally” (1989) y “Mujer bonita” (1990), comenzó la que a posteriori podemos denominar la era dorada de las comedias románticas. Los estudios se beneficiaron con películas de bajo costo y gran retorno. En ese mismo periodo proliferaron las adaptaciones de clásicos literarios a la gran pantalla, donde convivieron transposiciones de época, mas dramáticas, como “La edad de la inocencia” (1993), “Mujercitas” (1994), “Sensatez y sentimientos” (1995), “Emma” (1996), “Mansfield Park” (1999); y conversiones romántico-juveniles como “Ni idea” (1995), “Romeo + Julieta” (1996), “Grandes esperanzas” (1998), “10 cosas que odio de ti” (1999) o “Juegos sexuales” (1999). De este último grupo, quizá “Grandes esperanzas” sea la que menos logró su cometido, al quedar a medio camino entre la comedia romántica y el drama de autor.
Cuando las decisiones lógicas son las más riesgosas
La decisión de 20th Century Fox de adaptar el clásico de Charles Dickens se entiende como una respuesta directa al éxito de transposiciones previas como “Ni idea” (1995), basada en Emma de Jane Austen, o “Romeo + Julieta” (1996), de William Shakespeare. El estudio convocó al guionista Mitch Glazer, quien ya contaba con la experiencia de adaptar Canción de Navidad de Dickens en la película “Los fantasmas contraatacan” (1988).
Con un presupuesto significativamente mayor al de los ejemplos mencionados, el proyecto podía permitirse un elenco de mayor popularidad. Con leyendas del New Hollywood como Robert De Niro y Anne Bancroft en los roles secundarios y una pareja protagonista que encarnaba el espíritu generacional de los noventa: Ethan Hawke, figura del cine independiente tras “Generación X” (1994) y Antes del amanecer (1995); y Gwyneth Paltrow, quien venía de destacar en “Pecados capitales” (1995) y de protagonizar “Emma” (1996). Solo faltaba un director manierista para alcanzar la cuota autoral.
Para ese momento, Alfonso Cuarón y Emmanuel Lubezki ya habían conquistado a la crítica independiente con la comedia de tinte almodovariano “Sólo con tu pareja” (1991), producción que catapultó la carrera del dúo mexicano a la televisión norteamericana. Cuarón no tardó en atraer la atención de Warner Bros, estudio para el cual dirigió “La princesita” (1995), obteniendo el respeto de la industria. Algunas concordancias temáticas con sus realizaciones previas lo hacían el director ideal para Grandes esperanzas: La incursión en el romance desde un costado provocador, el retrato de infancias desclasadas frente a entornos privilegiados, la orfandad, el amor paternal, la habilidad para crear atmósferas oníricas y, fundamentalmente, una sensibilidad innata (compartida con Lubezki) para embellecer los primeros planos, usando inclinaciones o perspectiva para que siempre lo humano llene gran parte del encuadre.
Adaptación y malabarismo estético
La película sigue la vida de Finn, un joven huérfano que vive con sus tíos y parece destinado a la pesca, aunque sueña con ser artista. De niño, Finn ayuda por compasión a un fugitivo a escapar y, poco después, es contratado por la Sra. Dinsmoor (una aristócrata excéntrica) para hacerle compañía a su sobrina, Estela, de quien se enamora perdidamente. Años más tarde, estos dos encuentros fortuitos le permiten ascender socialmente, instalarse en Nueva York y concretar su meta de dedicarse a la pintura. Allí, su camino vuelve a cruzarse con el de Estela, y con ello revive la complicidad de tensión y deseo que forjaron en la infancia.
Tanto en la novela como en la película se juega con la falsa premisa de que la anciana adinerada es quien financia en secreto el ascenso del protagonista, alimentando en Finn la ilusión de que ella respalda su relación con Estela (al derribar sus diferencias de clase). Sin embargo, la Sra. Dinsmoor no influye en ese progreso; utilizó la obsesión de Finn para entrenar a Estela en la provocación de los hombres y como una venganza personal hacia ellos.
En la novela todo esto tiene un trasfondo ligado a verdaderas barreras difíciles de traspasar, tanto para un huérfano pobre como para una mujer de la Inglaterra victoriana. Al trasladar la historia a los Estados Unidos de los años noventa, ese conflicto se diluye y pierde dramatismo. Además, la adaptación elimina gran parte de las subtramas de Finn en la gran ciudad. Su dilema secundario con la galería de arte no tiene conflicto, solo avanza en una dirección. Para contraponer esto, la relación entre ambos tiene que sostener gran parte del relato aunque sus encuentros son bastante escasos. Cuarón se apoya estéticamente en la cámara para convertir momentos simples en flechazos directos, cargados de obsesión y deseo.
La relación de la pareja de chicos en la casa de la señora Dinsmoor es bastante íntima y despierta, poco a poco, la exploración del erotismo entre los jóvenes. Finn choca sus labios con los de Estela al beber agua de la misma fuente. La provocación por parte de la chica está lograda gracias al encuadre, donde espacialmente no existe lugar reservado para que ella ingrese y, sin embargo, a ambos les toca compartir ese espacio por un segundo.
La última escena juntos, antes del reencuentro en Nueva York, escala el deseo de los ya adolescentes, cuando la mano de Ethan Hawke se desliza por la pierna de Gwyneth Paltrow bajo el vestido. Alfonso Cuarón ya había trabajado una especie de encarnación concreta del «momento del enamoramiento», donde nadie debe decir nada, sino que lo percibimos como espectadores. En Sólo con tu pareja (1991), el flechazo del protagonista sucede al observar a la aeromoza practicando su rutina de indicaciones a pasajeros. La cámara de Lubezki establece el punto de vista, la iluminación nos aporta un aspecto de somnolencia, la cámara colabora con foco dudoso, ritmo desacelerado y, por si no fuera suficiente, la chica literalmente en su coreografía señala hacia el espectador.
Finn y Estela se reencuentran de adultos en la gran ciudad, en una plaza mientras él bebe agua, repitiéndose la escena de cuando eran chicos, conectándolos inmediatamente desde el deseo no resuelto.
Grandes gestos, pequeñas esperanzas
Estructuralmente una comedia romántica suele tener cinco puntos difíciles de eludir. El encuentro: los personajes se conocen por accidente u obra del destino, sienten algún tipo de seducción mutua que aún no pueden evidenciar o algún tipo de interés. El enamoramiento: los personajes cambian actitudes o pensamientos por o para acercarse a la contraparte de la relación. El impedimento: las barreras que impiden a nuestros personajes estar juntos, a veces son parte del entorno o forman parte de prejuicios, creencias, traumas de los protagonistas o malentendidos fortuitos. La revelación: tras atravesar las barreras uno o ambos personajes deciden arriesgarlo todo y atreverse a un «gran gesto» romántico, y para terminar, un final feliz.
En el primer acto de la película se da el encuentro y el enamoramiento, pero desde el punto de vista de Finn; nunca sabemos lo que piensa Estela y la sensualidad o provocación de sus actos siempre son desde el punto de vista masculino. El punto de vista de Estela es el primer faltante para encasillar la película en el género.
En el segundo acto, una vez que el guion se deshace de gran parte de los conflictos aledaños de la novela para centrarse en la obsesión amorosa de Finn, entra en juego el impedimento al habitar los lugares comunes, no solo del terreno «rom-com», sino de buena parte de la comedia dramática de la década.
La escena del personaje establecido en su nuevo mundo, tratando de integrar personajes del pasado que ya no encajan, malentendidos mediante, que ademas esto suceda en una galería de arte llena de snobs es parte del «años 90 starter pack». La escena del protagonista artista, retratando a la chica con música grunge de fondo, culmina con una confesión de amor en un taxi que es rechazada por la aparente apatía de Estela.
La noticia de la boda de ella los reencuentra y ahí sucede el «gran gesto» de la película. Finn decide irrumpir en una cena de Estela y su prometido, corre bajo la lluvia hasta alcanzarla, bailan en el restaurante, salen juntos y se besan bajo la lluvia, todo en plano secuencia, con Cuarón al rescate a base de pericia. Ambos concretan su deseo por el otro esa noche, pero Finn confunde el resultado y nada de lo que vivieron interrumpe el casamiento y distanciamiento de Estela.
Rompiendo la lógica romántica, el último acto comienza una vez sabemos quién es el verdadero benefactor de Finn, el fugitivo del inicio. Devenido en una distante figura paterna, pasa sus últimos momentos con Finn, agradecido, hasta su muerte. El chico triunfa o eso nos pretende hacer creer una elipsis abrupta, de las tantas que tiene la película.
Años después, visitando la casa donde antaño vivía la señora Dinsmoor, Finn se reencuentra con Estela. Es un final con características similares al de la novela que, sin embargo, el contexto las vuelve antagónicas. En el fondo, Grandes esperanzas no es una novela de lógica romántica y Estela acaba siendo una viuda solitaria que busca mantener lo más cercano a una amistad que supo tener. La película concluye con ambos dándose la mano en clave de segunda oportunidad, sin impedimentos que los obliguen a rechazarse, como una versión ambigua de final feliz.
Apenas suficiente
La eliminación de momentos esenciales de la novela, que nada tienen que ver con la pareja protagonista, dejó expuestos en pantalla personajes de poca profundidad que ni David Mamet (guionista incorporado sobre el final) ni el propio Cuarón lograron resolver. La falta de libertad creativa dejó disconforme al director, quien años después realizaría un retorno a las bases para consagrarse definitivamente como autor con “Y tu mamá también” (2001).
Grandes esperanzas tampoco fue un fracaso total; no fue un antes y un después en la historia de las adaptaciones de la época ni logró el estatus de culto. Demasiado «Star System», un director bastante restringido y una hibridación de géneros que se distancia de la fórmula esencial. La película Juegos sexuales, transposición de Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos, demostró poco después que la fórmula de presupuesto reducido y retorno rápido siguió dando sus frutos por varios años.