Dialogamos con dos expertos en el tema desde ámbitos y enfoques distintos: Jerónimo Wigger, enfermero e integrante del comité de infecciones del Centro Médico Integral Fitz Roy (CMIFR); y Paula García, especialista en psicología clínica, quienes nos cuentan su experiencia y trabajo desde el inicio de la pandemia.

«En Sudamérica tuvimos el diario del lunes y aún así hubo falencias y no fuimos muy diligentes, sobre todo en capacitación del recurso humano. Desde Argentina, por ejemplo, salimos a China a buscar barbijos pero en una primera instancia no intervenimos una fábrica nacional para que los haga y, en ese déficit de manejos y ante la desinformación, hubo muchos compañeros que quedaron en el camino», relata Wigger. «En las películas de ciencia ficción, sabés que la pesadilla dura dos horas. Para los que hacemos control de infecciones, una pandemia es como jugar un mundial, es un desafío inmenso. Pero, sinceramente, no la veía venir ni me imaginaba que tomara este volumen y a esta velocidad. En diciembre de 2019 veíamos una enfermedad emergente en Asia, pero no visualizábamos este escenario», confiesa el enfermero.

“Nosotros nos despertamos una mañana como especialistas en pandemia con todas las respuestas a una sociedad que sabía lo mismo que sabíamos nosotros“, reconoce el enfermero, mientras que la psicóloga relata su experiencia: “Al principio fue muy traumático para los pacientes ver frente a su diagnóstico de coronavirus el rostro de los profesionales más asustados que ellos, esta cuestión de que los que deberían saber no sabían casi nada al respecto, generó un sensación de desprotección absoluta del sujeto y es un estado propicio para el desarrollo de una angustia severa. Pienso la pandemia desde el concepto de indefensión: la sensación que experimenta un sujeto, una población, ante un enemigo del que se sabe poco”.

Además, Wigger sostiene que “hubo mucho consumo de información médica en los medios e internet de parte de la gente y se pasó de la evidencia científica basada y clara a indicaciones absurdas de consumir productos químicos, por ejemplo, y creo que todo lo que no está basado en la evidencia, genera mucho miedo”. En cuanto a los cuadros que abundaron en las consultas de terapia fueron en su mayoría, según la licenciada: tristeza, ataques de pánico y conflictos de pareja. “Hubo muchas crisis en las relaciones por el hecho de compartir tanto tiempo juntos, de no poder salir y tener un cable a tierra. Por otro lado, personas muy celosas han estado muy tranquilas en tener al otro en la casa todo el día. Más allá de esto, la pandemia configuró una especie de desencadenante o precipitante de los puntos de fragilidad y vulnerabilidad que cada persona tenía desde antes”, asegura García. “La pandemia ha generado pérdidas, ya sea desde la estabilidad laboral, psíquica, de seres queridos, de alguna circunstancia de la vida que sostenía el deseo, hasta inclusive pérdida de proyectos. Es muy difícil que la cuarentena no haya tocado de algún modo a la persona desde la pérdida sufrida o potencial, que es aquella que está latente como una especie de amenaza”, describe la especialista en salud mental.

En referencia a los cambios que generó el COVID-19 en relación a sus profesiones, Wigger afirma que “con la pandemia se descubrió que la enfermería existe, que para mí es la ciencia y arte del cuidado. Estuvimos al lado de pacientes que estaban aislados de todo, abrían la jaula y nos metíamos adentro con el león, por decirlo de alguna manera”. Por su parte, la licenciada detectó la flexibilización de los recursos: “Las consultas llegaron a hacerse en un balcón, garaje, jardín, en todo aquel sitio donde se garantizara la privacidad para cada quien y en consecuencia hubo una disminución notable de la formalidad”.

En cuanto a los cuidados que se aplicaron y aplican hoy durante el desarrollo de la pandemia, el experto en infecciones afirma que “hubo miedo, exageraciones, desarrollo de protocolos incumplibles: el aislamiento de un paciente siempre fue el mismo, el tema fue el sensacionalismo general fruto de una enfermedad emergente, que llevó a que la certeza que teníamos se cuestione. Hubo un terrorismo en cuanto a la enfermedad: la gente no salía a la calle y fue una cuarentena larguísima. Expertos en salud mental fueron para mí los individuos que faltaron en la mesa del gobierno”, afirma Wigger. La licenciada, por su parte, agrega que “es difícil establecer una respuesta absoluta para todos los casos porque depende de la singularidad de cada persona pero el límite entre una conducta adaptativa de cuidado y la patología es cuando el remedio pasa a ser peor que la enfermedad. Hay situaciones en las que las personas utilizan medidas defensivas tan drásticas que terminan deteriorando aún más la salud”. “Los protocolos hay que seguirlos pero hay que tener cierto juicio crítico”, recomienda García.