Hace unos días nos encontramos con el sucesor de «Norman Fucking Rockwell!», aquel disco de Lana del Rey que publicó en el año 2019. El mismo que fue nominado a canción y disco del año en los Grammys.

En esta nueva entrega, «Chemtrails Over the Country club», la bella neoyorquina nos sigue dando pistas de quién es ella y, tal vez, nos invita nuevamente a sumergirnos en esa nostalgia, la que muchas veces buscamos, compartimos y hasta nos ayuda a pasar esos días difíciles.

Ya no sorprende que Elizabeth Woolridge Grant siga apelando al amor trágico, con ese estilo tan cinematográfico y retro.

De principio a fin, nos cuenta sus comienzos como camarera, donde era una joven con sueños, como todos nosotros, con altibajos, donde aparenta desde su presente querer volver el tiempo atrás y ser aquella que, sin ser reconocida, galardonada o viviendo en un country club (donde al parecer ni siquiera rodeada de sus seres queridos) pero tan lejos de su casa, la hace feliz. Volver a donde era, volver donde alguien la espera.

Hablar del amor, sin hablar de sus vicisitudes, no es amor. En el transcurso del disco se da cuenta que en el volver tal vez no encuentre eso que busca, pero su lugar de confort está en esas sensaciones, tan afines a nosotros.

Seguramente estas canciones hayan sido compuestas en viajes, en días lluviosos, en esta tan difícil realidad, de la que nadie pudo escapar, ni siquiera Lana del Rey. Por eso valoramos que ese susurro roto de alguien que no solo anhela sino que reflexiona y para sus adentros es realista. Un mero recordatorio de quién es ella.

Es un disco homogéneo, con un sentido y una evolución, aún con invitadas que ayudan a la magnificencia entre la simpleza, un coro de voces que acompañan en «For Free» en plano country-folk, como la portada en la que parece mostrar que ella es como todas las demás. Que la música no denota reflexiones para elecciones sino que también cantarle al desamor es amor.