Cuántas veces escuchamos en sesión o en una conversación «no sé, no le encuentro sentido a mi vida… o nada tiene sentido, estoy deprimida». Término impreciso que por tan amplio dice tanto y no dice. Por lo tanto, será complejo acercarnos a su comprensión, atravesar su origen y arribar a conclusiones teniendo en cuenta al padeciente.

Las estadísticas efectuadas en numerosos países nos muestran que las mujeres sufren de depresión dos veces más que los hombres (20% frente a 10%). Desde la mirada de teorías psicoanalíticas en intersección con los estudios de género, surge la necesidad de diferenciar en qué sexo y género ocurre un determinado fenómeno articulando el foco en lo intrapsíquico y en los vínculos tempranos al interior de la familia. A eso se suma el estudio del imaginario social.

Para enfocarnos en la depresión de las mujeres, dejaremos de lado la variedad de diferentes presentaciones sexuales que existe en la actualidad, llámense homo, trans o bisexualidades.

Dio Bleichmar (1991) afirma que en la búsqueda de las causales de depresión en la mujer se enfocaron primeramente en la biología y en los cambios hormonales que tienen durante el transcurso de la vida tales como menarca, embarazo, parto, menopausia y climaterio. Con el correr del tiempo, los avances científicos demostraron que las mayores vulnerabilidades a la depresión en las mujeres los provocan los factores psicosociales que envuelven la vida cotidiana. “Lo que predispone a la mujer a la depresión es su propio rol”. La feminidad misma, tal como está concebida en nuestra cultura, es el factor de mayor riesgo para la depresión.

Por su parte, Burin (1991) habla de los estados de “malestar” en las mujeres o depresión asociados a sentimientos de inutilidad, desesperanza, pérdida de interés y angustia, entre otros. En casos graves aparece el estado de “sin sentido”, lo que se conoce como vacío.

Estos factores predisponentes en las mujeres se diferencian de los varones porque ellos responden con toxicomanías, sociopatias, estados paranoides, etcétera. La salida de escape de los varones responde a tomar acción, son diferentes a la mujer. Por ejemplo, ante situaciones de frustración o dolor, ellos reaccionan con la agresión, en cambio las mujeres las reprimen o las toman como propias, además se culpan, en la mayoría de los casos.

Este mecanismo fuertemente anclado en su subjetividad deviene de su temprana socialización cuando niñas. Heredamos mandatos tales como la comprensión, la paciencia y una constante entrega y cuidado hacia un otro. Todo esto asociado a la increíble fuerza de la naturaleza que les permite ser madres, entonces esta ecuación mujer-madre imprime a fuego cubrir y cuidar las necesidades de los demás, ofreciéndoles apoyo, alimento, cuidado, atención y sostén para su desarrollo.

Esta situación, o sea ubicarse en este lugar, provoca por lo general culpas y abnegaciones que quedan fuera del propio contexto como ser humano viviente y sufriente. Se atribuyen enfermedades de hijos, problemas domésticos entre otros.

Tres factores de riesgo para las mujeres

El rol de ama de casa tradicional. Especialmente para las de sectores socioeconómicos medios, ya sean que habitan zonas urbanas o suburbanas. Invisibilidad, falta de reconocimiento a las labores realizadas y responsabilidades en toma de decisiones. Observando la actualidad, vemos que la mujer desempeña trabajo extra-doméstico. Esto quiere decir que, además de trabajar en su casa, lo hace también fuera de ella. Si bien las parejas jóvenes actuales divulgan compartir quehaceres entre ellos, la realidad muestra que el cuidado de los miembros de la familia, salud, educación y recreación, entre otros, recae mayoritariamente en manos de las mujeres.

Pérdida de la madre antes de la adolescencia. Algo se rompe, el camino que venían recorriendo madre e hija toma otro rumbo y como el pase de la niñez a la adolescencia es traumático, por naturaleza, puede sufrir esa falta a posteriori como depresión, como vacío.

La falta de una pareja confidencial y cómplice. Las quejas femeninas, la falta de diálogo, comprensión, alianzas entre ellos y/o muestras de afecto son una constante. Aquí se ve claramente la socialización del varón, en algunos casos a diferencia de la mujer donde fue impuesta la opresión patriarcal donde se ve el alejamiento a toda demostración de empatía, ternura o comprensión y contención emocional.

Y, para sumar más valor y contundencia a lo que venimos describiendo, hablemos de las publicidades que vemos en la TV y que consumimos en el día a día, por ejemplo: “Una princesa que ante la inminente llegada del príncipe se apresura a limpiar para que quede todo reluciente, brillante, para demostrarle su eficiencia y siendo ella la complaciente. “Princesa”. En otra acude un superhéroe en auxilio de la mujer y deja en claro un mensaje de inepta mujer que lo único que le resta es contar con la ayuda maravillosa de él y que, además, tiene súper poderes porque puede volar. La sabiduría y generosidad hacia quien necesita ayuda pertenece a los varones.

También, debo agregar, que en los últimos tiempos se ven algunas publicidades donde una pareja comparte la limpieza de la casa, mientras que en otra se ve a un varón aseando la cocina. ¿Estaremos siendo capaces de ir cambiando y compartiendo hábitos domésticos por igual?

Asimismo, quiero destacar algunos factores predisponentes para la depresión en mujeres.

La relación fusional narcisista con la madre, favorecida por pertenecer al mismo género sexual. Con el varón la relación suele ser más cuidadosa. El cuerpo de la madre como primer objeto de deseo no termina de despegarse entre madre e hija, en contraria con el hijo varón cuando se identifica el Edipo, allí ocurre la identificación. Entonces decimos: «Es probable causa de depresión”.

El mito del amor romántico vigente en el imaginario social, la sexualidad tiene legitimidad a través del amor y dependencia emocional en su pareja. Degradando y hasta a veces anulando su despliegue pulsional. Entonces decimos: “Es probable causa de depresión”.

La preferencia sexual en el trabajo desde el industrialismo hace que las esposas queden en sus casas esperando el jornal que logran obtener sus maridos, generando dependencia económica, afectiva y social. Si bien vivimos en la actualidad algunos cambios favorables hacia las mujeres en avance de igualdad de oportunidades, cuando esto no sucede entonces decimos: “Esta situación puede ser generadora de estados depresivos”.

El ejercicio de la parentalidad en forma exclusiva o semi exclusiva, puede ser una tarea pesada debido al esfuerzo físico y emocional que requiere. Si le agregamos un trabajo extra-doméstico con una mínima o nula ayuda de su par conviviente o quien cubra ese rol en los quehaceres domésticos, sumado al mandato bien conocido a través del psicoanálisis de «la buena madre» o «la madre suficientemente buena» (Winnicott) responsabilizando la conducta de los hijos a la figura materna, no es de extrañarse que aparezcan síntomas de depresión.

Conclusiones

Me gustaría centrar las conclusiones en la mujer como ser humano, como persona, como ser racional-emocional que cohabita en el universo. Y me pregunto y te pregunto: ¿habrá que ir cambiando de una vez por todas las crianzas tanto de niñas como de niños? A las niñas brindarles idénticas estimulaciones, consignas y oportunidades que a los varones, juegos de ingenio, incentivar el equilibrio de su cuerpo apartándonos de la ultra preservación en cuidar y proteger a las niñas. ¿Que trepen a los árboles, regalarles autos, camiones, muñecas, muñecos súper héroes, juegos de experimento, pelotas, sogas, a ambos por igual?

Respecto a enseñarles cómo ser independientes y autosuficientes en la vida es tarea del adulto, de la confianza y la sólida alianza que una familia puede brindarles tanto a varones como a mujeres. Entrenarlos con libertad y criterio de curiosidad para que puedan lograr independencia.

Y poner atención al deseo de la persona, a sus gustos e inclinaciones, a sus habilidades y potenciales acompañando en su desarrollo. Comprender las diferencias que biológicamente tenemos mujeres y varones. La conformación biológica y psíquica son diferentes por naturaleza, luego, nos acomodamos a construir dentro de la cultura del país que les toque en suerte vivir. Y pregunto… ¿será que al tener la mujer la capacidad de engendrar, alojar y arrojar al mundo a otro ser humano, como una matrix recargada, la instale en el sufrimiento? ¿Será entonces por ello que semejante acontecimiento como lo es poder tener dentro de su cuerpo a otro ser, la diferencie fuertemente de la psique del varón?

Artículo elaborado especialmente para puntocero por Silvia Sproviero.

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