Saula Benavente estrenó su película «Karakol» en la que explora el vínculo entre «duelador» y «duelado», con Agustina Muñoz como protagonista y guía entre espacios laberínticos y personajes en estado neurótico. El film se encuentra disponible en la plataforma de CINEAR.

El comienzo contiene una configuración espacial laberíntica dentro de una casa, con una puesta teatral en la que participan muchos personajes que entran y salen por costados que no sabemos bien hacia dónde van. Todos están inmersos en un desorden propio de los momentos inmediatos de duelo. Alguien en esa familia murió y, recién luego de algunos diálogos inconclusos y apurados (como los de la vida misma), podemos entender que es el padre de Clara (Agustina Muñoz).

Este hombre que se evoca constantemente dejó involuntariamente las pistas de un secreto que su hija decide ir a buscar a un rincón remoto ubicado en Tajikistán, locación para nada caprichosa porque refuerza la idea de que este «algo» que estaba tan oculto en lo más íntimo de su padre también está escondido en el mismo mundo. Además, de esto se desprende una posible reflexión sobre la vulnerabilidad de lo privado posterior a la muerte, se refuerza esa certeza de que alguien va a revisar nuestros cajones, nuestros papeles y con ello, quizás, lo que decidimos reservar.

Podríamos pensar la película en dos grandes bloques: la primera parte en la que el hormiguero familiar se presenta revuelto, muchos personajes entran en escena y en su breve despliegue delinean un carácter y conocemos también algo sobre sus conflictos personales, aunque más adelante no se van a retomar. Ahí entran actrices y actores, entre las que se destacan Dominique Sanda (que interpreta a la viuda que absorbe la intensidad de todos los demás) y Soledad Silveyra como una cuñada que intenta capitalizar el dolor en protagonismo.

La segunda parte sucede en el viaje que, a su vez, se divide entre el trayecto y el camino de Clara tras las pistas, y luego se incorpora otro personaje interpretado por Santiago Fondevila. Es ahí donde la película pisa el freno y adquiere otro ritmo, quizás por momentos dilatado en la redundancia, pero que no impide que se construya la idea de la gesta de algo nuevo antes de un cierre tan sutil como contundente.