El universo femenino de un ambiente hostil y su costado más sensible y humano desde la óptica del director Jorge Leandro Colás.

Quinientas mujeres y un puñado de hombres llegan, cada fin de semana, al pequeño pueblo de Sierra Chica para visitar a los presos del penal. El complejo penitenciario contiene tres unidades, aloja a unos 4.000 detenidos y está rodeado por paradores, bares y pensiones que trabajan exclusivamente con esta visita, tan masiva como fugaz. La pensión de Bibi y el bar del Gallego son dos espacios donde confluyen las historias de vida de las visitantes. Historias atravesadas por el dolor, el amor y el deseo.

Mientras muchas películas sucumben a mostrarnos una y otra vez el mundo intracarcelario porque su peligrosidad es atrapante para el morbo ajeno, otras también nos meten en la cárcel con un fin más noble, como Diego Gachassin en Pabellón 4 y su cruzada por humanizar esa población que sirve de chivo expiatorio para la política y los medios, que los usan como un ideal depósito de desesperanza social. “La visita”, por otro lado, habla de la periferia: nunca se mete en el interior de Sierra Chica porque encontró afuera un mundo que nadie retrata y que merece toda nuestra atención humana y empática.

Largas horas de viaje, filas eternas expuestas a la suerte del clima y cargadas de sus niños, a quienes intentan educar en la contradicción de un sistema de injusticia y desigualdad que se les viene encima, porque esas mujeres cargan con una culpa que no les pertenece pero que asumen en pos de una confusa y dolorosa noción de familia y amor.

Hay una micro-economía del pueblo que se nutre de ellas por un lado y por otro las sitúa en la otredad. Se juntan en pensiones y se preparan a la madrugada para visitar a sus parejas, comparten charlas que solo ellas entienden y, por momentos, también parece que charlaran a propósito sobre temas que quieren dar a conocer. Funcionan como una comunidad con destellos de solidaridad y compañía que conmueven fuertemente.

Su realidad nos invita a repensar en los derechos humanos vulnerados de la población carcelaria y el intento incansable y frustrado de estas mujeres por sostener algo de integridad en la vida de sus hombres, incluso nos interpela a repensar las necesidades de ellas avasalladas por el sistema entero, como tener sexo, intimidad, respeto y paz.

Creo valiosa la habilidad de Colás para interpelar nuestro sentido de compasión sin caer en golpes bajos innecesarios, la realidad misma llega lo suficientemente al hueso sin añadiduras. Y, por sobre todo, la decisión de quitar de las sombras esta realidad hostil en la que coexiste la injusticia con la solidaridad y en la que siempre subyace el dolor.

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