Hablemos de Wes Anderson. Mi primera experiencia no fue la mejor. Fui al cine a ver “Los excéntricos Tenenbaums” y me quedé dormida. Hay cosas que no se explican. La única otra vez que recuerdo haberme quedado dormida en el cine fue viendo “Bringing down the house” y tenía todo el derecho del mundo, porque realmente era mala. Supongamos que era de trasnoche, y yo sabía perfectamente que no puedo ir a esa hora porque me suelo quedar dormida. Por alguna extraña razón, fui igual. Siempre hay cosas que no se explican, por ejemplo, por qué no me causó nada de gracia “Zoolander” la primera vez que la vi y después amé cada segundo de ella, o por qué siempre que intento ver “Pulp Fiction” me quedo dormida en la misma parte, o por qué nunca vi “Terminator”. Sí. Esas son mi verdades inconfesables, así que a eso le podemos sumar que cuando fui al cine a ver “Los excéntricos Tenenbaums” me quedé dormida. Años más tarde la pasaron en la tele y así, con publicidades y todo, me enamoré.
Después medio por casualidad vi “Rushmore” y “Life Acuatic” y, para mí, el pacto ya estaba sellado. Así que fue cuestión de tiempo para que saliera “Viaje a Darjeeling” y el hermoso corto que lo antecede, “Hotel Chevalier”. No sé si es Wes Anderson concretamente lo que me gustaba (con el tiempo me di cuenta que sí) o todo su clan. No lo pude terminar de definir. Wes Anderson suele trabajar con los mismos actores, que con el tiempo pasan a ser sus amigos y coguionistas ¿O será al reves? En su primera película, “Bottle Rocket”, colaboran con él sus grandes amigos de la infancia, los hermanitos Wilson (Luke, el morocho de pelo largo y Owen, el de la nariz rara), no solo como actores principales de casi toda su fimografía, sino también como guionistas, por lo menos en el caso de Owen. Esta troup no está sola: a ellos se le suma Anjelica Huston (a quien amo desde que supe de su noviazgo con Jack Nicholson, pero tal vez la reconozcan por ser Morticia Adams), Jason Schwartzman (primo de Sofia Coppola, sobrino de Francis Ford) y Bill Murray, entre otros.
La estética de Wes Anderson está muy marcada por los colores que utiliza en sus films. Tiene un estilo pictórico, muy artificial. En todas sus películas, el vestuario cumple un rol fundamental en los relatos, nadie puede olvidar a Ben Stiller vestido con el equipito de Adidas y sus dos hijos vestidos iguales, y Owen Wilson disfrazado de cowboy. También hace cosas extrañas con la cámara, movimentos medio vintage. Por ejemplo, zooms bruscos, por ejemplo en “Viaje a Darjeeling” vemos a los tres hermanos caminando por el deierto hindú, a lo lejos, así, medio chiquitos y, con un zoom de lo más violento, los tenemos cerquita y vemos que se están movilizando con todas sus pertenecías, valijas de Louis Vuitton y demás cosas.
La utilización del zoom tuvo su auge en los 70, ahora nadie lo usa. Anderson le suele poner mucho énfasis a la banda de sonido. En “Hotel Chevalier” vemos a un hombre tirado en la habitación de un hotel donde claramente habita, su ex lo llama, lo quiere ver y él la recibe (Natalie Portman, toda ella) poniéndole una canción divina, triste y hasta patética “Where do you go to my lovely” (tienen que escucharla) que combina con el fondo parisino. A lo que voy con toda esta, a veces innecesaria, es para contar que Wes Anderson es uno de los directores más reconocibles de las últimas décadas. Su estética es casi tan evidente como Tim Burton. La única diferencia es que todavía no nos hartamos de él.
Todavía sin fecha de estreno, ya está el tráiler por todos lados de su nueva película: “Moonrise Kingdom”. El cine de Anderson suele tener adultos que actúan como niños y niños que actúan como adultos, y esta no es la excepción. Dos jóvenes muy jóvenes enamorados que se fugan, y todo el mundo parece buscarlos. Cuando digo todo el mundo, el mundo vendría a ser nada menos que Bruce Willis y Edward Norton, que se suman a la troup «andersoniana».