Hay comedias románticas que son obras maestras, otras que son olvidables. Pero, en la gran edad de oro que fueron los años noventa, hay muchas otras que son buenas. Sencillamente buenas. Quizás porque acompañaron una época, quizás porque la televisión por cable y el videoclub colaboraron a que veamos una y otra vez películas que nos reconfortaban. Entre esa gran masa se encuentra «Un día muy especial» (Hoffman, 1996). Pero ¿qué hace que una romcom como esta se gane un lugar en nuestros corazones? La respuesta puede estar escondida en esos elementos del género que vemos una y otra vez, que siempre nos hacen sentir bien y nos llevan a un lugar familiar.
La ciudad que no duerme
De día, de noche, Nueva York contiene en sí todo lo necesario para que una comedia romántica funcione. De «Manhattan» (Allen, 1970) a «Cuando Harry conoció a Sally» (Reiner, 1989) la gran ciudad permite que la metáfora se haga presente: dos entre una gran multitud.
Por eso, la cámara, primero, nos ubica dónde estamos, para recorrer las ventanas de un gran edificio hasta llegar a la casa de Melanie Parker (Michelle Pfeiffer). La soledad de una madre divorciada, que nos permite entender otro de los problemas cosmopolitas: estar rodeados de gente no siempre implica estar acompañado.
Letra y música
No es cualquier canción, es la canción. Si bien no todas, el romance puede cifrarse en unos cuantos versos. «In Your Eyes» en «Say Anything» (Crowe, 1989) o “I Say A Little Prayer” en «La boda de mi mejor amigo» (Hogan, 1997) son algunos ejemplos de las numerosas escenas musicales que recorren al género. Canciones que avivan los anhelos románticos y a la vez despiertan cierta nostalgia.
Pero en ningún caso son ejemplos casuales: la letra viene a decirnos algo y en muchos casos funciona como una voz en off. «One Fine Day», versión interpretada por Natalie Merchant, nos acompaña en esos primeros momentos en que conocemos a Melanie. Y nos presenta tanto el punto de vista de todo el relato (ella) como el final: “y sabrás que nuestro amor estaba destinado a ser”.
Enemies to lovers
Dos personas que se odian es la base de numerosas historias de amor (quizás el más acabado ejemplo sea «Orgullo y prejuicio» de Jane Austen). Y es la considerada primera comedia romántica de la era sonora, «Sucedió una noche» (Capra, 1934), el prototipo. El odio es tan apasionado como el amor, o incluso más, y son esos desencuentros y choques los que permiten que la trama avance: de «Tienes un e-mail» (Ephron, 1998) y «10 cosas que odio de ti» (Junger, 1999) a las no tan logradas «La cruda verdad» (Luketic, 2007) o «Propuesta de año bisiesto» (Tucker, 2010).
A partir de un desencuentro a causa de los horarios de sus hijos, Melanie conocerá al encantador Jack Taylor (George Clooney). Este problema no solo tendrá que ver con el día supuestamente arruinado, sino que el choque es de tipos de vida: ella es la estructura, él el caos. A pesar de considerarse mutuamente un obstáculo, el día los enfrentará una y otra vez a tener que establecer contacto y compartir. Pero sobre todo a colaborar. Y es ahí donde se darán cuenta que las apariencias engañan.
Este tropo parte de un postulado interesante y no tan idílico como en otros romances: la atracción es una construcción, la inmediatez no existe. Y eso, por supuesto, es más reconfortante que esperar un flechazo instantáneo de amor
De 9 a 5
Algo que nos ha enseñado el cine es que a los pobres no les queda tiempo para amar (aunque siempre hay excepciones); eso suele ser terreno de las telenovelas, cuya heredera hollywoodense es la Jennifer López de «Sueño de amor» (Wang, 2002). Esto vuelve necesario que usualmente nuestros protagonistas sean profesionales de clase media o media-alta.
A su vez, no da lo mismo cualquier ocupación. Quizás la más repetida por el género sean los y las periodistas: «Ayuno de amor» (Hawks, 1940), «Cómo perder a un hombre en diez días» (Petrie, 2003) o «Ni en tus sueños» (Levine, 2019) por solo mencionar algunos ejemplos.
Y por supuesto, en nuestro caso, Jack es un gran ejemplo. Su profesión viene a justificar su desorden: viven en un cierto caos, sin horarios y libre, porque la investigación y la búsqueda de la verdad son sus prioridades.
Melanie también representa otro estereotipo: el de la creativa. Sin caer en la libertad de la escultora en «De amor y otras adicciones» (Zwick, 2010), ella es arquitecta y por eso las normas y reglas son también parte de su personalidad.
El trabajo es clave a lo largo de toda la jornada. Es lo que los termina uniendo. Deciden ayudarse porque sus respectivas ambiciones profesionales chocan con la crianza de sus hijos. Eso hace que sean presentados con una pretendida igualdad, en lo económico y a partir de un rol activo en la sociedad. Ellos construyen su camino, como sucede en «Sintonía de amor» (Ephron, 1993) o «Persiguiendo a Amy» (Smith, 1997).
Una gran presentación
Un cliché recurrente es “el gran día” que la protagonista está por vivir. Suele implicar un ascenso o un logro profesional, tal como ocurre en «Experta en bodas» (Shankman, 2001) o «Si yo tuviera 30» (Winick, 2004). Y es usualmente territorio de lo femenino: son ellas las que tienen que demostrar algo a nivel profesional, mientras que los hombres suelen tener que hacerlo a nivel emocional.
Así mismo se da en nuestro caso. Gran parte del hastío inicial de nuestros protagonistas parte de que ese día es muy importante en lo profesional para ellos y, “cargar” con sus criaturas, puede ser un estorbo. Pero, en ambos casos, la resolución profesional impacta fuertemente en el modo en que ellos viven sus días y, en consecuencia, representan el gran punto de crecimiento para los personajes.
Cuando Melanie logra comenzar a dar su presentación, ve a su hijo feliz y tiene su epifanía: eso es lo que verdaderamente importa. Decide partir porque finalmente se percata que la felicidad está en otro lado; pero esto impresiona igualmente a sus clientes. No hay mal que por bien no venga en una verdadera comedia romántica. Y esto mismo se replica en el caso de Jack. Logra tanto salvar su carrera, así como logra hacerse cargo de cuánto le importa su hija. Y puede demostrarle a Melanie (y también a sí mismo) que él es responsable.
Este paso es realmente importante: sin cerrar sus arcos personales, nuestros protagonistas no estarían listos para abrazar el romance.
Con un poco de ayuda
La comedia queda relegada a otros, los protagonistas suelen estar concentrados en otros temas. Los personajes secundarios pueden ser aspiracionales, confidentes, consejeros, y casi siempre mejores amigos. Pueden permitirse ser excéntricos como el Spike de Rhys Ifans en «Un lugar llamado Notting Hill» (Michell, 2004) o cínicos como el grupo de amigos de Bridget en «El diario de Bridget Jones» (Maguire, 2001)
Pero nuestro caso esto es un poco diferente, porque son Maggie Taylor (Mae Whitman) y Sammy Parker (Alex D. Linz) quienes desempeñan ese rol. Si bien aparecen ciertos aspectos de sus vidas profesionales, el foco está puesto en cómo se desempeñan parentalmente. Así como evoluciona su arco profesional, el personal lo hace, primero, dándole un cierre y evolución a cómo se perciben a la hora de criar.
La igualdad real, el verdadero país de nunca jamás
La realidad es que, más allá de la idea de igualdad que se proclama, Melanie carga con una presión mucho mayor a la hora de criar. Tanto es así que, para sostenerse como profesional exitosa, se le exige mantener todo lo relacionado con su hijo completamente fuera del ámbito laboral. Y es revelador que sea justamente una compañera de trabajo quien se lo exija: prueba de que el machismo no es exclusivo de los hombres, sino una lógica que también reproducen las mujeres. En el caso de Jack, en cambio, la presencia de Maggie es vista con mucha más indulgencia, e incluso funciona como un atractivo extra frente a sus compañeras de trabajo.
Esta incompatibilidad entre lo laboral y el mundo de los niños es paradójicamente proporcional a la infantilización de los adultos. Melanie señala que Jack tiene un complejo de Peter Pan, lo mismo que padece en Will en «Un gran chico» (Weitz y Weitz, 2003). Mientras que él le adjudica a ella uno de Capitán Garfio, similar al que padecen heroínas como la de «La propuesta» (Fletcher, 2009). Él se niega a crecer, ella controladora en exceso: reflejo de los modos que tienen para enfrentarse a sus paternidades.
Y, sin embargo, ninguna sería la más sana. Encontrarse implica para ambos un aprender a encontrar un punto medio. Jugar con los hijos no es sinónimo de irresponsabilidad (aunque puede serlo), y ser responsable no es renunciar a la espontaneidad (es también necesario).
El amor después del amor
En la adultez, el romance siempre arrastra viejas cicatrices. Por eso las comedias románticas de los noventa nos enfrentan a protagonistas muchas veces más escépticos. «Sintonía de amor» o «El amor tiene dos caras» (Streisand, 1996) son ejemplos de cómo la pérdida es lo que nos puede volver desconfiados.
Porque el modo en que nuestros protagonistas enfrentan el mundo es, en parte, producto del desencanto ante el vínculo amoroso roto. La coraza que ella se construyó proviene de que su ex sea un hombre que prioriza sus propios sueños musicales por sobre la familia y la felicidad de su hija. Jack, por su parte, probablemente enfrente la frustración de un compromiso fallido a través de la evasión y la superficialidad, como si la ligereza fuera su manera de no volver a exponerse.
En el transcurso del agitado día que nos presenta el largometraje, no vemos grandes actos de amor ni declaraciones rimbombantes. Son detalles: él reemplaza el pez perdido, ella pidiéndole que él cuide a su hijo. Ese miedo inicial no se elimina, pero se transforma en una posible oportunidad. Porque la confianza se construye de a poco, y el amor es eso: aprender a confiar.
El día después
La película termina con una posibilidad: la del romance. Termina ahí, parece decirnos que ya no hay más que saber. El amor está lejos, pero alcanza que exista como una posibilidad. Porque el amor concretado no es felicidad pura, es muchas veces problemas, discusiones e incluso rupturas; como se ve en «La pícara puritana» (McCarey, 1937) o «Un novio para mi mujer» (Taratuto, 2008).
«Un día muy especial» no reinventa nada: usa tropos y clichés del género con inteligencia. Y hace uso del carisma y química entre los protagonistas, ineludible a la hora del éxito de este género. Eso hace que, tres décadas después de su estreno, podamos volver a ella cuando necesitamos confort.
Sin ser revolucionaria, expone un tipo de romance más adulto, con protagonistas llenos de falencias y carencias. Como aprenden los niños mirando «El mago de Oz» (Fleming, 1939), o como aprenden Melanie y Jack al final, «no hay lugar como el hogar», pero ese lugar muchas veces es mejor si es compartido.
Lista para mi primer plano.