El cine argentino, siempre vapuleado por las políticas de los gobiernos de turno, en el menemato experimentó cambios significativos pero también una banalización en el mecanismo de la producción de películas.

En febrero de 1984, el Senado de la Nación derogó el Ente de Calificación Cinematográfica, en lo que fue el primer gran día para el cine argentino en mucho tiempo. Además, hay que agregar que el presidente del Instituto de Cine, Manuel Antín, otorgó los primeros créditos para que se hicieran películas. En un mismo día se acababa la censura de filmes y se proyectaban nuevas producciones para encausar una salida a la crisis que vivía la industria cinematográfica. Como siempre sucede en Argentina, las primaveras no duran ni siquiera tres meses. La caída estrepitosa del gobierno de Alfonsín provocó que casi todos los sectores se encontraran en situación de quiebra, el cine nuevamente se encontraba al borde del abismo.

Una esperanza en ciernes

A fines de 1989 llegó Carlos Menem al poder, sus discursos cautivantes y esperanzadores aventuraban que la Argentina podía convertirse en un país de fortaleza industrial que buscaba proteger intereses nacionales. Tan solo fueron presunciones enunciativas, su gobierno fue impredecible en sus políticas culturales, si pensamos que personajes como Gerardo Sofovich (interventor de ATC entre 1991 y 1992) y el Soldado Chamamé (agregado cultural en Paraguay en 1998) pasaron por las filas de ese gobierno no puede sorprender que la banalización cultural era una estrategia calculada.

Por el Instituto de Cine pasaron Jose Anastacio, Guido Parisier, René Mujica (los tres que apoyaron la realización de “Gatica” en 1992 de Leonardo Favio, a pedido del presidente), quienes tenían una agenda que pretendía reformar al instituto. Es así que por fuertes presiones de varios sectores de la industria se sancionó la Ley N°24.377, conocida como la «Ley de Cine”. Allí, el Instituto de Cine es renombrado como Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) y se le otorgó una autarquía para la obtención y manejo de fondos, los cuales salen de un 10% de la venta de tickets de cine, venta y alquiler de VHS y del 25% que obtiene el AFSCA (en su momento el COMFER). La mayoría de esos ingresos son provenientes de la renta por el uso del espacio radioeléctrico que abonan los canales de TV, de tal manera que no es de extrañar la campaña incansable de algunas emisoras contra el cine argentino, la cual incluye carpetazos por parte de ciertos operadores periodísticos con el único fin de dejar de abonar, eventualmente, esa cuota. La consecuencia inmediata de esta ley, la cual proveyó de una caja sustanciosa e independiente de las arcas estatales, fue el incremento de producciones nacionales año tras año desde su sanción.

“¡Aquí… el peor presidente del INCAA!”

Como fue señalado, el menemato fue impredecible y es por eso que el carril estable por el que el cine argentino se mantenía con las renovaciones -todas impulsadas por actantes del sector cinematográfico- se disipó de un momento a otro con la llegada de Julio Maharbiz.

Conocido como el de la voz de “¡Aquí… Cosquín!”, su idoneidad para el cargo solo estaba sostenido por un solo crédito como guionista en “El canto cuenta su historia” (1976) dirigida por el dúo Fernando Ayala y Héctor Olivera, además de aparecer en otras cinco películas folklóricas de la época. Fue nombrado presidente del INCAA en 1995, bajo un cuestionamiento severo de toda la comunidad cinematográfica, no solo por no tener certificaciones para el puesto sino por sus persecuciones ideológicas y déspotas a todos aquellos que no comulgaran con sus políticas en la gestión. Con él regresó el Festival de Cine de Mar del Plata en 1996 tras 20 años de interrupción, debido a las dictaduras cívico militares y luego por los problemas económicos atravesados por el país.

Maharbiz prometió Cannes en Latinoamérica y, entre otras cosas, aseguró que desembarcarían nombres como Julia Roberts, Bruce Willis y hasta la joven promesa Quentin Tarantino para finalmente recibir a Gina Lollobrigida, María Grazia Cuccinota (ambas abonadas al festival desde entonces durante todo el menemato) y Claire Bloom (“una que estuvo en una de Woody Allen”, así se la nombraba). Entre los logros de Maharbiz estuvo la sección “la Mujer y el Cine”, un espacio en el que la mujer podía sentir que el cine tenía un lugar para ella también. Hasta 1999 solo podían acceder a los créditos del INCAA los directores y productores con trayectoria, lo que aniquiló a una generación de realizadores. El correlato de esta censura indirecta fue el surgimiento del llamado “Nuevo Cine Argentino de los 90’”, gracias en parte a la ebullición de las escuelas de cine y al ciclo “Historias Breves”, del cual surgieron nombres como Lucrecia Martel, Adrián Caetano, Sandra Gugliotta y muchos más.

Finalmente, el paso de Maharbiz por el INCAA dejó deudas por más de 20 millones de dólares y un sinfín de irregularidades, entre las que se hallaba el contrato de alquiler del edificio de la calle Suipacha donde se creó el primer “Espacio INCAA”, llamado “Complejo Tita Merello”. Procesado en 2007 por el juez Daniel Rafecas por sus incumplimientos de funcionario público, se probó con evidencia contundente que benefició a amigos por la contratación en 9 millones de dólares por el inmueble donde estuvo ubicado el complejo. Si bien la pena por este delito contemplaba una pena de entre 1 y 6 años de cárcel, el exreferente de la música popular argentina no pasó un solo día detenido.

La década impensada

Aquellos que festejan la “Ley de Cine” como el mayor logro para el cine argentino en décadas, simplemente para revalorizar una gestión impresentable, ven con anteojeras lo que sucedió en los márgenes de ese cambio. Que películas como “La herencia del Tío Pepe” (1998) tuviera una calificación de “interés” mientras que “Rapado” (1996) una de “sin interés” resume la política que el Instituto de Cine -al principio- y el INCAA -más tarde- pensó para sus producciones audiovisuales. El amiguismo fue la línea rectora del menemato, desde el nombramiento de funcionarios hasta el favorecimiento en contratos millonarios. Las estrategias culturales fueron siempre un segundo plano, detrás de la corrupción imperante que acaparó la atención de la administración más fraudulenta y corrosiva de la historia argentina. Recordar estos hechos, que no sucedieron hace mucho tiempo, sirven para repensar no solo el pasado sino también para proyectar el futuro sin olvidar tampoco el presente.