La oposición entre naturaleza y cultura recién empieza a relativizarse desde la aparición de la antropología como ciencia, porque lo dado y lo construido se consideraban como contrapartes del proceso de evolución de la especie humana. Igual, actualmente la discusión discurre por los senderos de diferentes disciplinas científicas, tanto del campo de las ciencias naturales como de las ciencias sociales, y por el imaginario de los saberes populares.
Lo cierto es que lejos de oponerlos, ambos conceptos deben ser entendidos como factores que, en el marco de un determinado ambiente, se complementan mutuamente. Si bien la herencia genética es determinante en muchos aspectos del comportamiento humano, sería un argumento reduccionista no contemplar la influencia de un factor externo como el medio en el cual las personas interactúan. La investigadora de la Universidad de Rockefeller en New York ha aportado a este debate que los genes son esenciales para elaborar respuestas, pero no las determinan.
La cultura, entonces, se refleja en esa herencia extra somática, específica de la sociedad humana, que interactúa dinámicamente con lo orgánico. Un ejemplo de ello es la aparición del fuego y consecuentemente la cocción de alimentos que modificó sustancialmente la evolución de las mandíbulas. En función de ello, lo dado y lo construido se consideran amalgamas del proceso de hominización y determinan la necesidad de comprensión de ambos factores yuxtapuestos. Todo ello simplemente porque el Hombre es un ser biológico cuyas pulsiones, necesidades y tendencias son satisfechas en forma cultural.
Artículo elaborado especialmente para puntocero por Karina Vázquez.