Hasta hace muy pocos años, la vida privada trascurría a puertas cerradas. Estaban bien delimitados los límites entre lo que las personas hacían a nivel doméstico y/o familiar, y aquello que mostraban cuando se relacionaban en público. Hoy, a nadie sorprende ver la selfie de un conocido en una situación personal que, en cuestión de segundos, se comparte a través de las redes y queda expuesta ante miles de personas.

Aunque esta progresiva exposición no es algo nuevo (ya en 1974, el sociólogo estadounidense Richard Sennett denunciaba el declive del hombre público en la cultura contemporánea, y denunciaba que el discurso sobre lo público había sido reemplazado por una suma de obsesiones y discursos sobre la vida privada), a partir del uso masivo de Facebook, Twitter e Instagram, el fenómeno experimenta una aceleración radical e inauguró un nuevo escenario, subjetivo y comunicacional.

Uno de los aspectos más llamativos del fenómeno es que quienes no formaban parte de las redes comenzaron a sentir de manera acelerada que estaban perdiéndose algo, o quedaban “fuera del mundo”, “fuera del sistema” si no participaban de estos canales de comunicación, y esto sigue ocurriendo, lo que lleva a millones de personas a sumarse cada día más a todas las modalidades de socialización virtual/informática.

Uno de los cambios más revolucionarios a nivel cultural reside en el hecho de que cualquier persona con acceso a una computadora y conexión a internet o a un celular puede publicar información, relatar sucesos o exhibir parte de su vida personal en cuestión de segundos (información verdadera, falsa o mejorada, vale aclarar, ya que no son pocos los que retocan las fotos que postean con programas de edición fotográfica para dar una imagen que los beneficie, a los ojos de terceros). Aunque esto hoy parezca natural, es la primera vez en la historia que los ciudadanos del mundo están habilitados a mostrarse e interactuar de manera virtual.

Esto desencadenó un fenómeno inquietante: la exteriorización -incluso, la espectacularización- de las vidas privadas. La tendencia a la extimidad (lo contrario de la intimidad), de todos modos, incluye la moda de las selfies -desde el Papa Francisco y el expresidente Barack Obama, a actores y actrices, cantantes, y millones de ignotos ciudadanos- pero es mucho más abarcativo: si las pantallas funcionan a modo de ventanas siempre abiertas entre usuarios, no sorprende que el deseo de curiosear vidas ajenas, sumado al deseo de mostrar (una necesidad o capricho si se quiere exhibicionista), redunde en nuevas prácticas de exhibición de la intimidad y publicidad de la vida doméstica.

Si eso revela que asistimos a una era que define una cultura por el egocentrismo y el exhibicionismo –en la que los individuos gritan “mírenme”-, al colapso intelectual y espiritual de la sociedad posmoderna, o es apenas una forma de vincularse de las nuevas generaciones que se traduce en nuevos modos de informarse y contar, es algo que nadie puede responder con certeza. Están quienes interpretan la tendencia como una moda banal y narcisista (los más extremistas hablan de las prácticas confesionales y la continua tematización del “yo” como pura basura digital, digital trash, y quienes suponen que continúa una tradición narrativa) la de los géneros autobiográficos tradicionales como el epistolar, los diarios íntimos, la novela intimista del siglo XIX, que traerá aparejadas nuevas y valiosas formas de vincularse y comunicar.

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