No podemos negar que la cuarentena nos vincula con gente que no creíamos que íbamos a conocer ni hablar. En algún punto, la pandemia tiró abajo las fronteras e iguala a la humanidad desde el punto de vista de los sentimientos y pensamientos que el encierro genera.

Del 13 al 19 de junio participé de un encuentro de artistas, “Toasterlab’s Mixed Reality Performance Hackathon (tMoRPH)”, dirigido por el canadiense Ian Garret, que consistía en generar un proyecto de performance en grupo, teniendo en cuenta las posibilidades reales de acceder a ella, por lo tanto, apoyándose en la tecnología.

Durante 6 días fui una intrusa entre canadienses y estadounidenses. Me uní a un grupo donde se proponía hacer «Hamlet», pero uno del futuro, donde el actor o actriz ingresaba a un mundo virtual y se relacionaba con los personajes/robots. ¡Me encantó la idea! Todos los días participaba de uno o dos Zooms en los que debía poner una sobre atención, no solo porque mi inglés es escaso sino porque, además, hablaban sobre programación, cosa que entiendo muy poco. ¿Qué hacía yo ahí? Se suponía que estaba en el grupo encargado de la dramaturgia, aunque también era difícil.

En fin, esta experiencia fue muy interesante por dos cosas: aunque estaba encerrada sola en mi casa, sentí que estábamos todos físicamente cerca (a un Zoom de distancia) y porque me reencontré con «Hamlet», un texto que, claro que lo había leído y lo súper conocía pero que, lamentablemente, me había olvidado casi por completo. Disfruté tanto de la lectura de la obra y de la conversación con mi compañero de equipo de dramaturgia, Jessie (quien resultó llamarse Ed al final). No estoy segura de si hablábamos de lo mismo pero me volví a enamorar de esa obra y del teatro en general. «Hamlet» es una oda a la actuación y habla de la muerte y de la vida con una poesía jamás leída. En estas épocas donde debemos estar encerrados para cuidarnos de un virus, creo que es fundamental volver a leerlo (si sos muy sensible, es preferible que no) y analizarlo con ojos presentes.

A continuación describiré mi análisis del proyecto realizado para el encuentro, «Hamlet in the Holodeck» y el contexto COVID-19. Este es una defensa al cuerpo presente del actor, el cual se ve atentado ante el contexto mundial que estamos viviendo. El mundo entero se encuentra ante una crisis sanitaria donde el cuerpo del otro se convierte en una amenaza de muerte. Por lo tanto, la medida principal de la mayoría de los Estados es el aislamiento social preventivo obligatorio o voluntario.

¿Y los actores? ¿La presencia? ¿El teatro en vivo? ¿La posibilidad de encuentro entre actores y espectadores en un espacio común? ¿El sentido del tacto? Por un tiempo (esperemos que no muy largo), quienes actuamos debemos buscar nuevos espacios de encuentro y apropiarnos de las plataformas y la tecnología que avanza vertiginosamente desde hace muchos años. Esto no significa que el teatro va a ser reemplazado por la virtualidad sino que se pueden desarrollar otras maneras de expresarse teatralmente, aprovechando el poder ilimitado de circulación de las obras que los medios digitales permiten.

El teatro como herramienta de expresión y comunicación es fundamental para todas las sociedades, especialmente en momentos de crisis, donde el cuestionamiento sobre otros tipos de mundos es necesario. A su vez, y como dice Artaud, tanto el teatro como la peste (en este caso el COVID-19) son fundamentales para desmantelar el orden de las cosas, quitarle la máscara al presente, descubrir la mentira del mundo y sacudir la inercia asfixiante de la materia. «Hamlet» es una pieza teatral clásica y clave en este momento, donde la muerte respira en la nuca de la humanidad. A lo largo de la obra, el príncipe de Dinamarca reflexiona sobre el sentido de la existencia humana y se da cuenta que tanto el rey como el mendigo son comida para los gusanos.

De esta forma, Hamlet manifiesta: «Pues claro, y ahora es de don Gusano, sin mandíbulas y con la crisma sacudida por el sepulturero. Bonita transmutación, si supiéramos verla. ¿Tan fácil ha sido crear estos huesos que ahora sólo sirven para jugar a los bolos?”.

Así como el coronavirus nos demuestra la debilidad de la existencia humana y las grandes injusticias del mundo, ya sea desde sistemas de salud precarizados hasta la enorme desigualdad económica existente, agravadas por la peste, «Hamlet» con el teatro busca quitarle la máscara al asesino del padre y ubica en un papel destacado la función de los actores. “Los actores son el compendio y la crónica del mundo”. Aunque, en general, sean siempre los artistas considerados como improductivos privilegiados para el sistema capitalista en el que vivimos.

En la experiencia virtual «Hamlet in the Holodeck» quisimos investigar sobre las posibles relaciones que se pueden desarrollar entre un cuerpo vivo y un cuerpo virtual en un mismo espacio, el mundo digital, dando la posibilidad de viajar a espacios infinitos en cualquier punto de la matrix. En la dramaturgia desarrollamos diferentes momentos como, por ejemplo, donde el actor se vincule con un robot, donde haya un dialogo entre dos robots y donde haya un monologo interpretado por un robot.

Dichos robots, al estar programados, responden y se activan ante un código o la enunciación de una palabra predeterminada pero, ¿qué pasaría si esa palabra se repitiera más de una vez? Tal vez el robot automáticamente haría lo que le indica el código, generando un momento absurdo y sin ningún tipo de sentido. La máquina no puede asociar ni reaccionar. Por lo tanto, nuestra versión de «Hamlet» puso sobre la superficie las imposibilidades que tienen los cuerpos artificiales, controlados por un software, de realizar ciertas acciones, de sentir y hasta de reaccionar ante un chiste. Por otro lado, estas nuevas inteligencias artificiales hacen pensar en la creación de nuevas sociedades disciplinadas y obedientes, con cuerpos controlados y adiestrados (siento que Michel Foucault se está revolcando en su tumba).

Esperemos que esta experiencia que atravesamos como humanidad nos ayude a repensar nuestra manera de vivir y el sistema capitalista que tanto daño nos hace, que la nueva normalidad nos haga más inteligentes y que no perdamos la memoria. En este caso la peste, como dije anteriormente, nos quita la máscara del sistema mundial. Hagamos algo con eso.

Artículo elaborado especialmente para puntocero por Lola Pérez.