Lo que persiste a través del cambio
Heráclito plantea que lo que persiste a través del cambio es el cambio en sí mismo. Eso podría aplicar también a los géneros de las películas ¿Qué es lo que persiste en las comedias románticas? Podríamos pensar que con las nuevas olas feministas algunos tropos cambiaron, pero no es así, no en su totalidad. Como siempre, hay películas que plantean nuevas dinámicas, historias que recorren ideas no tan exploradas y en alguna de ellas los protagonistas ya no son exclusivamente heterosexuales. Además de los relatos usuales, como una pareja dispareja se conoce, se aborrece y por una serie de cómicos enredos, terminan enamorándose, por citar algunos ejemplos, «El bazar de las sorpresas» (1940), «Tienes un e-mail» (1998), «Bajo el mismo techo» (2010), el género actualmente incursionó en largometrajes mainstreams de amantes del mismo sexo, como en «Red white and royal blue» (2023) de Amazon –aunque podría pasar por una producción de Hallmark–, en el mismo año se estrenó «All of us strangers» protagonizada por Paul Mescal y Andrew Scott, –para muchas de nosotras “el hot priest” de «Fleabag»–, y «Am I OK?» (2022) que podríamos clasificar en un subgénero de películas de personas de 35 años con problemas de 20.
Como con el resto de los géneros, también hay películas menos populares como «Casi separados» (2021) o «Palm Springs» (2020), –que lograron tener un público fiel– y películas muy taquilleras que convocaron al público por sus actores, como «Amores materialistas» (2025) o «Con todo menos contigo» (2023), que causó más revuelo por la campaña de prensa que por la película en sí.
Viajando algunos años atrás, la década del 90 dio films que ya consideramos clásicas del cine de comedias románticas: «Mujer bonita» (1990), «Sintonía de amor» (1993), «El cantante de bodas» (1998), «Un lugar llamado Notting Hill» (1999), «Novia Fugitiva» (1999) y así podría seguir nombrando romcoms durante todo el texto. Tres actrices que se destacaron como íconos de este género son Meg Ryan, Drew Barrymore y quien protagoniza la película que nos trae hoy a esta crítica: Julia Roberts en «La boda de mi mejor amigo» (1997).
A riesgo de caer en lugares comunes, se podría decir que esta película no requiere introducción, pero si estuviste evitando comedias románticas por algunas décadas o sos gen Z, la misma sigue a Julianne (Julia Roberts), quien descubre que está enamorada de su mejor amigo Michael (Dermot Mulroney) al mismo tiempo que éste le notifica que se casará con su novia Kim (Cameron Diaz) en el fin de semana. Su meta para llegar al domingo es lograr que la feliz pareja se separe, para finalmente “quedarse” con su amigo.
La verdadera villana
Leer exclusivamente la sinopsis (o al menos esta) no deja en un lugar muy agraciado al personaje de Julia Roberts. Podría caer en el lugar vil que tantos otros personajes han caído, tal como el novio de Anne Hathaway en «El diablo viste a la moda» (2006), o para citar un ejemplo de este año, Alan Haim (Rachel), la amiga de Zendaya en «El Drama», 2026. Para resumir un eterno debate de redes sociales en apenas unas líneas, se sostiene que Nate era el verdadero villano, en lugar de Miranda Priestly. Él como pareja no la apoyaba en su trabajo, le hacía reproches y ponía en riesgo su rol de asistente.
En el caso de Julia Roberts, es cierto: su personaje es egoísta y por sus acciones del fin de semana, moralmente reprochables, pero al haber visto el largometraje con ojos actuales, la verdad es que nada de eso molesta ni incomoda. ¿Tal vez no me saqué los lentes de la nostalgia antes de darle play a la película? Es una posibilidad, pero la realidad es que todo el film está plagado de un humor tan particular y de pequeños números musicales divertidos, que no molesta su falta de moral momentánea, y considero que hace la experiencia más completa para el visionador el hecho de que sea una persona con defectos que se dejó llevar por su capricho y no un personaje ideal e infalible.
El verdadero protagonista
Este subtítulo puede pecar de baitero, pero cuando se piensa en esta película dos son las cosas que se me vienen a la mente: La primera es la escena musical en la que ambas familias de los enamorados cantan espontáneamente “Say a little prayer” –popularizada por la cantante Aretha Franklin– y ¿Quién es el causante de que hayan hecho ese flashmob vintage? Quien corono como el “verdadero protagonista”: George, su amigo gay. Sin duda, uno de los personajes más graciosos de la película, no solo por sus chistes verbales, sino también por su lenguaje corporal. Es la voz de la conciencia sin que le caiga el mote de insufrible, y a pesar de no coincidir con sus decisiones, acompaña a Juli en este proceso. Podría simbolizar el amigo perfecto. Es paradójico que sea quien menos tiempo en pantalla tiene, comparado con Julia Roberts, Cameron Diaz y Dermot Mulroney.
A la vez, la homosexualidad de este querido personaje en ningún momento es el remate del chiste, la película nunca se ríe de que sea gay, ni como público nos inivitan a reírnos de él. George es gracioso porque es elocuente, inteligente, ácido y perspicaz.
Volviendo al número musical, más allá de ser memorable, es destacable la cantidad de pequeños guiños que hay. Cada aporte de la familia podría ser una representación de su personaje en la película: la facilidad de George para ser encantador con gente nueva y liderar, la fascinación de Kimi ante nuevas personas y experiencias, la voluntad de las mellizas por formar parte del suceso. A su vez, también somos testigos de la falta de participación de Julianne y Michael, quienes durante todo el espectáculo espontáneo se miran incómodos y apenas esbozan unas sonrisas para complacer a los que los rodean. Todos los presentes cantan, incluso las mesas de desconocidos que los rodean, pero la pareja principal de amigos no se suma.
A pesar de que podría ser subestimada por su género, las actuaciones son destacables. Aunque el foco no esté en ellos, hay microexpresiones que reaccionan a los hechos que dejan en claro la postura de los personajes ante las distintas situaciones. Una diferenciación con películas actuales es que muchas estarían poniendo el foco específicamente en esas reacciones, en lugar de dejar que sucedan de fondo.
Who the f**k P. J. Hogan?
Paul John Hogan es el director de «La boda de mi mejor amigo», y si bien no es alguien cuyo nombre identifiquemos automáticamente, como pasa con otros directores de cine que son figuras en sí mismo, en su rol de director y guionista le dio a la audiencia películas que marcaron generaciones. Además de la ya mencionada, es la mente detrás de «Peter Pan: la gran aventura» (2003). También creó películas más de nicho como «La boda de Muriel» (1994) y «Loca por las compras» (2009) –los títulos locales no siempre le hacen justicia a las historias–.
Lo que hace interesante a este director es que la mayoría de las narraciones siempre plantean algo extra. Explora otras posibilidades de amor, más allá del amor romántico. Los celos cuando la realidad de los personajes se ve alterada con una nueva presencia, el rol que cumple una sociedad materialista en la mente de una chica que solo quiere pertenecer.
Si bien no está retirado formalmente de la dirección, su último trabajo en ese rol fue «Mental», en el 2012. ¿La industria actual tiene lugar para estos directores que no son de renombre y sus historias poco convencionales?
De abrazos y pedestales
Al comienzo de la película, una Kimmy imparable, muy ensimismada en el discurso que quiere darle a Julianne –mientras la tiene encerrada en el ascensor– declara lo siguiente: “Siempre serás la criatura perfecta que amó por tantos años. (…) Tuve que enfrentar impulsos competitivos y créeme que los tengo. ¿Estaré celosa de ti toda la vida? (…) Y la respuesta es tan simple. Tú ganas. Te tiene en un pedestal, y a mí en sus brazos”. Hasta el momento, Cameron Diaz interpreta a una prometida que se muestra muy inocente, que solo quiere complacer a su futuro esposo y lograr tener un vínculo fuerte con Julia Roberts.
Hacia el final de la película, cuando Julianne finalmente deja ver sus cartas y Kimmy la enfrenta, ambas dejan entrever que esos diálogos iniciales y la selección de ella como dama de honor no fueron actos inocentes, sino que era su estrategia para “neutralizarla” y tenerla de su lado. Y finalmente en un monólogo que es casi un espejo del diálogo inicial con Kimmy afirma: “Perdí. No me ama”. Si bien es un recurso visto y fácil de aplicar, siempre me parece interesante ver estos juegos de simetrías en guiones, marcando el recorrido que hacen los personajes a lo largo de las narraciones.
¿Habrá oído Dios tu plegaria?
En la actualidad estamos acostumbrados como público a ver producciones en las que se haga foco en la amistad como una forma de amar. Hasta se volvió un tópico común en películas infantiles, como «Frozen: una aventura congelada» (2013), o «Maléfica» (2014) que tienen como moraleja que el verdadero amor puede tomar muchas formas, no exclusivamente la del amor romántico. Y eso es lo que el personaje de Rupert Everett encarna en su diálogo final, tal vez Juli no logró tener el “final” que ansiaba para ese fin de semana, pero con su monólogo George deja en claro algo mucho más importante: no necesita de Michael para ser feliz, y él siempre va a acompañarla, ya que es su mejor amigo.
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