Este 14 de abril, cuando se cumplen 100 años del nacimiento de María Luisa Bemberg, se estrena la película «El eco de mi voz» dirigida por Alejandro Maci que, a través de archivos y entrevistas, recorre la vida y obra de la directora de cine argentina.

El paso de Bemberg por esta vida atravesó transversalmente el feminismo y la cinematografía de nuestro país. El archivo que presenta la película recuerda sus intervenciones con la prensa local, frente a la cual parecía que debía justificar su cine y a sus personajes, y debía explicar a los periodistas el feminismo tanto como el machismo, y si «era para tanto».

En los documentales en general sobre pasados más cercanos o más lejanos, el recuerdo de la prensa casi siempre deja un gusto a vergüenza ajena que será materia para revisar en otra ocasión, pero me es inevitable mencionar.

Además, esta película cuenta con los testimonios de Graciela Borges, Lita Stantic, Susú Pecoraro, Jorge Goldenberg, Chango Monti, Imanol Arias y el propio Alejandro Maci para reconstruir aquello que el archivo no cuenta. Se propone -y logra- una densidad mayor a la de una simple recopilación de sucesos. El camino recorrido por Bemberg en su esfera privada tanto como pública se lee en clave feminista y es de interés colectivo, pero está marcado por una soledad importante y una serie de quiebres que tuvo que trascender y que lo hizo para convertirse en la figura inspiradora que trazó el camino.

Ahora bien, hay algo que permite reflexionar el documental a propósito de la relación entre aquello que cuenta y la forma que elige para contarlo. Y es que entre las personas entrevistadas aparece el propio director de la película que, progresivamente, suma relevancia y que por momentos usa su voz como la narración primaria y protagonista de algunos hechos puntuales.

Esto dialoga directamente con el archivo que presenta la misma película, en donde María Luisa habla sobre la forma de dirigir masculina en contraposición a la perspectiva femenina o feminista, y es posible preguntarse entonces por el lugar de Alejandro Maci en este discurso.

Es cierto que su testimonio es importante en tanto haber compartido con ella la escritura de «El impostor», que luego dirigió Maci y estrenó en 1997, ya que para ese entonces Bemberg había fallecido en 1995. Pero esto no lo cubre con un manto de excepción respecto de lo que postulaba María Luisa sobre la mirada masculina en el cine. Y, en el caso de esta película, se manifiesta como una espiral interesante y, a mi parecer, un poco problemática.

En Cinefilia, Luis Kramer le consultó a Alejandro Maci por la selección de entrevistas y por las ausencias de algunas personas que también fueron parte de la vida de Bemberg, y el director dice: «Yo no quería tener, por más que sea valioso y excepto lo esencial, ‘opiniones sobre María Luisa’ o ‘gente hablando de sus recuerdos con María Luisa’ (…) sí incluí a cierta gente que me parece que es tan esencial que María Luisa no hubiera sido María Luisa sin su paso por su vida y su obra, como Lita Stantic, que es la otra mitad prácticamente de ella».

Estas afirmaciones ayudan a completar la intención discursiva, por más que Alejandro diga que quería que María Luisa hablara por sí misma en el documental. Esta objetividad es inlograble, puesto que siempre hay un recorte que decide el autor. En este sentido, la decisión de ubicarse frente a cámara para prestar testimonio se cuela como un gesto de auto referencialidad por la forma de competir por el tiempo en pantalla y por subirse él mismo consciente o inconscientemente a esta selección de personas «sin las que María Luisa no hubiera sido quien fue».

Esta discusión no pretende ignorar el cariño y la admiración genuina que irradia «El eco de mi voz» que, sin dudas, se vuelve una película indispensable sobre la figura de María Luisa Bemberg por haber encapsulado material de archivo invaluable -que ya sabemos lo difícil que es lograr eso en un país sin cinemateca-, sino aprovechar para seguir elaborando reflexiones posibles entorno del cine feminista dirigido por varones.

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