Existe algo curioso sobre el concepto de expectativa en el cine, y es que la mirada sobre las películas tiene una atención hiperbólica que podría traducirse en una formación de opinión muchas veces apresurada. La dimensión expectatorial es un componente fundamental en el cine pero en otros lenguajes artísticos se presenta de manera morigerada, no existe un hype por una versión nueva de «El lago de los cisnes», ni siquiera por parte de publicaciones especializadas o divulgadores de la danza. En cambio, si se corre un rumor sobre una posible película con algún actor o actriz de moda inmediatamente ya se comienza a construir una torre de expectativas. Con los libros no sucede lo mismo, es cierto que en el terreno de los best sellers y las sagas sí opera la desesperación y la «necesidad» por conocer todos los pormenores. Incluso tratándose de un libro de Harry Potter, se tarda más en leer sus páginas que en ver la versión cinematográfica, así dure dos horas y media. En esa diferencia está la clave para pensar en la idea de opinión express.

Las redes sociales, en términos generales, son el termómetro de la pestilencia pero pensarlas desde la idea de expectativa puede resultar más provechoso. Las opiniones inmediatas sobre las películas siempre existieron, lo que no habían eran medios para poder volcarlas. La ansiedad por saber eclipsó la posibilidad de disfrutar. «En la primera escena hay un… ¡no spoilees!», podría ser un diálogo trunco actual entre dos personas sobre una película, una serie o incluso un programa de TV. Una porción del público solo quiere saber el remate, no le importa el principio y el desarrollo de las historias. La distribución de productos audiovisuales en cine y televisión capitalizaron la fiebre de la ansiedad y es así que el concepto de simultaneidad ya hace tiempo que reina. No existe la posibilidad de que un capítulo de una serie o una película muy esperada se estrenen unos días después con respecto a otros países, la espera por más mínima que sea es intolerable.

Hace unos días se cumplieron 23 años del estreno de «Jackie Brown» (o «Triple Traición» aquí en Argentina) de Quentin Tarantino. La película hizo su aparición para la Navidad de 1997 en Estados Unidos, mientras que en Latinoamérica se pudo ver recién en salas de cine a fines de agosto de 1998, es decir, casi 9 meses más tarde. Hoy sería inconcebible tal espera, la tecnología y la posibilidad de disponer de una película en excelente calidad vía streaming o (al menos en esta parte del mundo) otras alternativas ilegales también contribuyen a que las decisiones corporativas y de marketing hayan acelerado la simultaneidad de los estrenos.

Las expectativas sobre el conocimiento de una película mucho antes del estreno, en la época de la mencionada «Jackie Brown» eran mínimas, porque la información que llegaba tenía cierto retraso. Los albores de Internet todavía no contemplaban la posibilidad de seguir día a día un rodaje, una premiere y/o entrevistas vinculadas a las películas. En muchas oportunidades nos enterábamos de la existencia de una película si veíamos el tráiler en una sala de cine. También el póster jugaba un papel importante, al ser un elemento publicitario generaba expectativas pero hoy casi no tiene sentido más que por la continuidad de una costumbre.

La demanda actual está relacionada directamente con las expectativas, sabemos las fechas de los estrenos mucho tiempo antes, lo que provoca una ansiedad mayor. La consecuencia de ello es que no existe un punto intermedio; todo nos parece una maravilla o lo peor del mundo. La visualización alterada no solo impide el disfrute sino que se le exige a la película que colme todo aquello que alimentamos durante largos meses, que sea la experiencia de nuestras vidas porque nos lo merecemos como fieles espectadores. Las películas y las series están en deuda con nuestro tiempo y, peor aún, tienen que ser de la forma en la que esperamos que sean, no existe la chance de un mínimo desvío ni de rupturas. Si es una película que pertenece a un universo tiene que mantenerse en la línea de las películas anteriores, si se trata de una obra nueva pero basada en un libro o cómic también le debe fidelidad al texto fuente.

¿Cuántas veces hemos leído en las redes que una película es muy buena o muy mala porque respetó o no al cómic? La autonomía de las obras cinematográficas está en una crisis profunda porque: 1) Ya es una rareza estar en presencia de un guión escrito para el cine sin estar basado en un material previo y 2) El público más tóxico quiere ser retribuido con una universalidad en el tratamiento de las historias. Sobre este último punto, los grandes estudios tomaron nota, por eso no es de extrañar que muchas decisiones se basen en lo que «el público quiere».

El último estreno del año fue «Wonder Woman 1984», que funciona como un ejemplo muy transparente sobre la dialéctica vacua de los «bandos». Los que creen que es una obra maestra y los que piensan que es lo peor que existe. Los primeros utilizan una defensa extraña porque envían a leer historietas para que aprecien la película. Es decir, nuevamente el problema de la autonomía artística del cine, en este caso necesita apoyarse de la cultura comiquera para erigirse y ser valorada.

Si todos opinan sobre cine y demás productos audiovisuales, ¿por qué no hay una educación formal desde la primera infancia? ¿Por qué hay música, expresión corporal, danza, etcétera, dentro de las currículas y no materias vinculadas a la apreciación cinematográfica y/o televisiva? ¿Se sigue considerando al cine un arte menor tan solo pensado para el entretenimiento? Todas estas son preguntas que no pueden responderse fácilmente, en especial porque no hay tiempo que perder porque hay que ver la serie de la que todos hablan, si no no se va a poder decir lo que todos dicen, a menos que la vayamos a ver, pero… ¡ya!