La queja… ¡cómo nos gusta quejarnos! De si hace frio, si llueve, porque estamos en invierno, de tal o cual persona, de algún inconveniente para manejar la informática, etcétera.

¿Sabés qué significa la queja?

Es una palabra del latín y significa golpear violentamente. Sacudir al otro con un juicio, quebrantar. Expresar con la voz el dolor que se siente por dentro, pero desde la queja.

Una situación distinta a la queja es expresar una dolencia, por ejemplo, porque me duele la cabeza, una pierna, tengo dolor de estómago. Sacarlo, compartirlo y buscar quizás una solución al problema, pero algo muy diferente es quejarte de lo que te pasa sin tomar acción sobre este dolor que está sucediendo, como grafiqué en los ejemplos precedentes.

Y te figuro una situación: una pareja en la que una de las dos personas le echa la culpa a la otra de no tener tiempo para hacer cosas que le gustan, de no terminar una carrera, de no haber tenido un hijo, etcétera. Entonces, esta persona que se está quejando y poniendo toda la culpa en el otro, ¿qué hizo para que todo esto haya podido ser posible?

Si se pudiera hablar y decir lo que cada uno necesita y ponerlo arriba de la mesa y comunicarlo… la comunicación es la clave, allí brilla como esa luz en el camino que guía, que acompaña, a veces no conduce a conclusiones, soluciones, pero plantea, declara, la otra persona se entera lo que está pasando.

Ahora bien, hay una línea muy fina entre la queja y el victimismo, hay personas que se convierten en víctimas permanentes, sufren lo que podríamos considerar como un «victimismo crónico». Estas personas se disfrazan de falsas víctimas, ya sea de forma consciente o inconsciente, para simular una agresión inexistente y, de paso, culpar a los demás, liberándose de toda responsabilidad.

En realidad, el victimismo crónico no es una patología, pero podría desembocar en un trastorno paranoide, cuando la persona insiste en culpar continuamente a los demás de los males que padece. Además, esta forma de afrontar el mundo, de por sí, conduce a una visión pesimista de la realidad, que produce malestar, tanto en la persona que se queja como en quien recibe la culpa.

En muchos casos, la persona que abraza el victimismo crónico termina alimentando sentimientos muy negativos, como el resentimiento y la ira, que desembocan en un victimismo agresivo. Es el típico caso de quien no se limita a lamentarse sino que ataca y acusa a los demás, mostrándose intolerante y vulnerando continuamente sus derechos como personas.

¿Para qué sirve quejarse?

En realidad, la queja es un mecanismo útil, en términos psicológicos, ya que esta proporciona un beneficio psicológico al individuo. Básicamente, sirve para exteriorizar las emociones y pensamientos negativos y movilizarse así para la acción. Está comprobado que esta forma de desahogarse es práctica en determinados momentos. Pero a veces se nos olvida la segunda parte y, cuando una queja se queda solo en eso, entonces viene el problema. Este tipo de queja es el que lleva al inmovilismo, lo cual se comprobó que es bastante perjudicial para la salud emocional del sujeto. Así pues, el fin primario de la queja es llevar a la acción de cambiar aquello de lo que uno se queja. Esta es la queja útil. La queja como forma de vida en la que solo te desahogás y luego te cruzás de brazos, no lo es. Y lo cierto es que muchas personas actúan así. Pero si este tipo de lamentos aparentemente no sirven para nada, entonces…

¿Por qué es malo quejarse todo el tiempo?

Primero se debe entender cómo se elabora la información en el cerebro. La base del funcionamiento cerebral es la comunicación entre las células nerviosas, es decir, la neurotransmisión a partir de las sinapsis entre neuronas. Con cada pensamiento, el ser humano activa mecanismos en el cerebro mediante los cuales se liberan muchos neurotransmisores a la vez. Estos son los encargados de transmitir la información de una neurona a otra y así la comunicación va llegando a todas partes. El cerebro está formado por toda una red de neuronas interconectadas entre sí. No obstante, dentro de este caos existe un orden. El cerebro se divide en áreas encargadas de diferentes tipos de información. Esto significa que cada área tiene sus conexiones concretas. Hay algo parecido a patrones, caminos iguales de sinapsis con sus neurotransmisores particulares que podemos reforzar o desactivar. Es lo que llamamos neuroplasticidad.

Lo perjudicial de este comportamiento no afecta solo a la salud física y mental de la persona que se queja sino, también, a la de las personas de su alrededor, llevando a alejarlas cada vez más.

Y para finalizar quiero compartir unos datos curiosos.

Se demostró que las emociones son contagiosas, ya sea para bien o para mal. A lo largo de la historia hubo muchos casos de fenómenos de contagio emocional, como los casos de histeria colectiva o el extraño caso de la epidemia de la risa que afectó a Tanzania en 1962. Los seres humanos estamos emocionalmente sincronizados y esto tiene un motivo. Parece que podría haber razones evolutivas, ya que es una forma de vivir mejor en comunidades y trabajar en grupo, una suerte de inteligencia social para la formación de alianzas.

Hay muchas investigaciones realizadas sobre el tema, pero lo cierto es que no hace falta ir muy lejos para comprobar que el contagio de emociones existe. Todos lo experimentamos alguna vez después de quedar con alguien que está, por ejemplo, muy nervioso o muy contenta. Se nos contagia su estado, incluso sin ser conscientes de ello, sin saber muy bien qué pasó.

No está comprobado que esto suceda con la queja, pero hay que estar atentos.