El otro día, charlando con un colega sobre la falta de respeto que estamos recibiendo los profesionales de la educación, me dijo: «Pero cuándo vas a entender que nosotros no somos personas, somos docentes». Y ahí todo me quedó mucho más claro.

En 2019, antes de la pandemia, se realizó una encuesta impulsada por Gallup en 150 países, en la que se preguntó si los maestros de su país eran tratados con respeto. Agrupando los resultados por regiones, Latinoamérica se ubicó anteúltima en la clasificación mundial, con solo 27% de respuestas positivas, apenas por encima de los países de África (22%) y muy por debajo de las naciones de Asia (entre 50% y 79%), líderes en cuanto a apreciación de la tarea docente. Esto marca el precedente de que la sociedad toda no valora la tarea y, tal vez, sea porque para los mandatarios somos mala palabra. La educación da herramientas al pueblo y eso a ellos no les conviene.

Pero no vengo a hacer una victimización de la profesión, porque sé perfectamente que en todos los trabajos se cuecen habas, pero entienda, usted lector, que en este caso voy a hablar por mí.

Ser docente no es una tarea fácil. Nunca lo fue, pero en estos últimos años se volvió algo casi imposible. La prueba está en que las Instituciones Educativas de Nivel Terciario en las que nos formamos, cada vez están más vacías. No es negocio ser profesor.

Niños y adolescentes hoy tienen otras necesidades, las que los docentes tenemos que salir a cubrir, aún sin saber cómo. Somos más psicólogos qué profesores, y es cierto que las generaciones cambian, que vivimos una pandemia y que la población va mostrando sus carencias a través de la palabra y la expresión, cosa que celebro, porque nos permite conocer más al estudiante como persona, que al alumno número. Es verdad que la escuela abrió sus puertas a toda la población, algo con lo que, por supuesto, estoy de acuerdo, porque sé perfectamente que las capacidades diferentes las tenemos todos, y no solo chicos o chicas con diagnósticos, pero se olvidaron de algo: instruirnos. Nos piden que hagamos adaptaciones para las cuales no fuimos preparados, que personalicemos la enseñanza con cuarenta chicos dentro de un aula, que estemos al pie del cañón, prácticamente, las 24 horas del día, porque los mensajes con comunicaciones te llegan en cualquier momento e invaden tu celular y tu vida. ¿Y qué importa si vos estuviste preparando una clase horas y horas? Hay que solucionar los problemas a como dé lugar, no sea cosa que desde afuera se vea la verdadera inoperancia. Estamos en la era del «hagamos como sí», del mostrar.

No todo pasado fue mejor, pero tampoco todo presente es perfecto. La profesión está en caída libre. El maltrato que se recibe, de la sociedad como así también de las instituciones en las que uno trabaja, crece día a día. El ojo debería estar puesto en fomentar la excelencia del plantel docente y escuchar un poco más lo que tienen para decir porque, en definitiva, son ellos los que están en la diaria. Muchos directivos olvidaron el trabajo en las aulas o nunca estuvieron en una. El primer gran error que se comete al tomar un puesto de mayor jerarquía es perder el oficio, no conocer la población con la que se trabaja. Es preciso señalar que en este mundo en el que vivimos, todo cambia constantemente y uno debe subirse a ese tren para no estar desactualizado.

No me voy a meter en materia económica, querido lector. Si esperabas que comenzara a llorar por el sueldo que recibimos, pues deberá ser en otro artículo. Acá vine para hablar de otra cosa, sobre el ser docente. Y sé lo que muchos van a salir a decir: «Bueno, pero algunos profesores… » y, como dije anteriormente, en todas las profesiones tenés personas a las que no les interesa lo que hacen y que manchan la tarea de los otros, pero aseguro que no son la mayoría. Conozco muchos docentes de gran valor, que tienen el foco puesto en lo importante y en lo urgente, que son nuestros chicos y chicas. Aun así, son tal vez los más cuestionados en este juego macabro de supervivencia. El docente solo quiere enseñar. El que se anotó en la carrera sabe perfectamente que no solo va a formar a sus estudiantes en la materia que dicta sino que le va a dar herramientas para la vida en general. Un docente puede marcar para bien o para mal a aquellos que pasan por sus aulas, y juro que uno intenta enseñar lo más importante, lo que no se van a olvidar, lo que no se califica con un número, y es a ser buenas personas, personas de bien. Que el día de mañana puedan desarrollarse en sus profesiones. Tal vez, cuando pasen muchos años, digan: «Uy, esto lo vi con la o el profe», «un día la seño me dijo tal cosa» y así perduramos en la vida de muchos.

Sé que mi tarea está cumplida cuando por la calle me encuentro con exalumnos y se paran para saludarme con una sonrisa nostálgica en sus caras, tal vez con ganas de volver a aquellos días de escuela, y orgullosos me cuentan sobre sus vidas, dándome un poquitito de crédito de todo eso bueno que les pasa, y en ese contrato tácito que tuvimos durante tantos años, vemos concretada la tarea. Ojalá muchos de los desertores de la educación pudieran sentir lo mismo. Creo que el verdadero marketing está justamente ahí, en ver los frutos del después, pero eso ya no es noticia, entonces deja de importar, el marketing de mostrar la inmediatez termina ganando.

Viví muchas cosas en estos diez años de profesión, la mayoría lindas, por suerte. También me tocó y me toca vivir de las otras, generalmente de la mano de la periferia que rodea a nuestra tarea. Pero no me importa, porque siempre vuelvo a ese primer día en el que me anoté en el profesorado y sentí la profunda emoción de saber que alguna vez yo iba a estar en un aula, que es el lugar donde verdaderamente pasa la vida. Y nadie puede robarme la vocación, porque sin esta la docencia no existe, y a pesar de que se encargan de dar golpes bajos, no lo lograron. Y aviso, no lo lograrán.

Finalmente, comprendí eso que mi colega me decía: «No sos persona, sos docente» y es cierto, somos tan especiales que nadie más que nosotros sabemos de la felicidad que da enseñar.

Artículo elaborado especialmente para puntocero por Luciana Mauro.

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