«… cuando el trauma viene a golpear la puerta del analista, llega con la proposición de un discurso analítico al analista, no es el analista el que propone el discurso analítico a su futuro paciente. El trauma -digo bien, el trauma y no el traumatizado- llega con la proposición del discurso analítico. Y algunas veces el analista puede convertirse en el otro de ese lazo social, y a veces no puede. Y si él no puede, el trauma se va, huye, va a buscar a otro para proponerle el discurso analítico, o a veces ya lo ha propuesto demasiado y va a volver entonces a un sistema de denegación de sí mismo». Jean-Max Gaudilliére.

Uno de los efectos de asistir al teatro a una de las tantas representaciones que ha tenido la antigua tragedia de Sófocles, «Edipo Rey», es que se verifica que la dimensión de la insistencia de saber de Edipo cobra una magnitud que no se puede captar en las innumerables cantidades de veces en que se ha recurrido a su lectura. Del mismo modo, no hay medio gráfico ni visual que haya alcanzado a transmitir el efecto desgarrador de la figura delictiva tipificada como tráfico de personas y robo de identidad, sin el testimonio de las víctimas de este delito, que se recogen en el valioso documental de Alejandra Perdomo «Nacidos Vivos».

Los relatos que allí se presentan dan cuenta de una serie de acontecimientos comunes que insisten en cada uno de los testimonios, se trata de personas cuyas madres, en el momento de su nacimiento, tenían entre 13 y 16 años, de condición humilde y se hallaban en estado de vulnerabilidad. Luego del nacimiento del hijo se les informaba que el niño había muerto al nacer o bien fueron coaccionadas por médicos y/ o enfermeras para que entregaran a sus hijos a familias sustitutas que estuvieran en «condiciones» de poder criarlos. Los niños sustraídos fueron, en la mayoría de los casos, vendidos e inscriptos en documentos públicos como hijos biológicos de los apropiadores. En este proceso se reconoce la participación de parteras, enfermeras, abogados, reclutadoras, médicos y etcéteras.

Alejandra Cilleros

«Cuando sé mi verdad empiezo a pensar, guau. ¿Cuántas personas son las que intervinieron para que yo no sea quien debía de haber sido, para que yo no sea Marisa… ¿cuántas personas? Era una cadena: el que no se quiso hacer cargo, la madre de ella, el padre de ella, los enfermeros, los médicos, los que pagaron, mis padrinos, mis padres adoptivos que avalaron la situación, quien firma el certificado, no sé…»

El conglomerado de individuos que participa en el delito, pese a ser descubierto, no solo no es penado legalmente sino que muchas veces ha logrado acenso social.

Gisela, de Búsqueda

«Nosotros tenemos casos de chicos que han sido vendidos por jefes de maternidad reconocidos, que tienen bibliotecas a su nombre en provincias, y eso te da asco, vos vas a buscar tu identidad a una provincia y te encontrás con que el doctor fulanito de tal tiene un monumento, tiene una biblioteca, entonces vos decís ‘pero este me vendió’…»

La búsqueda de la historia de la que el sujeto ha sido despojado corre por cuenta de la víctima, nadie ha preservado los datos de su linaje.

En «El Proyecto de una psicología para neurólogos», Sigmund Freud sostiene que el núcleo esencial de lo que un sujeto es se constituye en una experiencia de satisfacción primordial (cuerpo a cuerpo) entre la madre y el niño recién nacido, la madre erotiza el cuerpo del lactante, el modo en que ella lo hace, el modo en que el niño se acomoda a ese hacer determinará, en lo sucesivo, todos los modos en que el niño procurará que el mundo, de alguna forma, lo satisfaga. Y ese modo exclusivo de procuración será el rasgo de distinción que diferenciará a un sujeto de otro, es decir, dará la posibilidad de estar solo con otros.

A su vez, la madre está determinada por modos de su propia madre y modos propios de cuyo entrecruzamiento, tal vez, emane el atractivo erótico con el que   haya podido atraer al padre del niño que da a luz.

El nombre y el apellido que la criatura recién nacida porte llevará encriptado en sí la envergadura que su nacimiento tuvo para el padre que se quedó o el que salió corriendo, la relación especial con tal o cual miembro de la familia de los progenitores, las predilecciones futbolísticas del padre, los héroes de la madre, un familiar tempranamente muerto o un enigma, una creación o un homenaje. El nombre es, en definitiva, el modo en que un sujeto es inscripto en la continuidad de un linaje.

El modo, la forma inicial en la que el sujeto se satisface, es el elemento primario de constitución de la identidad y el nombre la vía por el cual a dicha particularidad se la inscribe en una historia. Uno y otro no constituyen la totalidad de los ingredientes con que un ser se constituye, pero aún siendo datos incompletos, resultan suficientes para poder calcular la magnitud de lo que se conmueve cuando esa identidad es aplastada por otra que se le impone a un sujeto en estado de indefensión.

En los niños secuestrados se repite la situación de indefensión de sus propias madres en el momento de su nacimiento. Los apropiadores ejercen sobre ellos la misma coacción que enfermeras y médicos. Lo han ejercido previamente sobre sus madres, en este sentido, y el tiempo queda detenido en el acontecimiento traumático.

La esposa de Lucas Frantini

Lucas me dijo: «Yo me sentí toda la vida como una gota de aceite en un vaso de agua, estás en el mismo estado, estado líquido, pero siempre sos diferente».

La identidad subyugada se les presenta a las víctimas como algo fuera de sentido, algo no coincide, no cierra. Su color de piel, el color de sus ojos, algo que va más allá de la percepción de su propia singularidad, algo que no hace conjunto con lo familiar. El sujeto indaga a sus propios captores, pero en general, por la simple indagación, el otro no contesta o responde con una fábula que no hace más que volver a pisotear la identidad subyugada. En «Historia y Trauma» Davoine y Gaudillére, en este aspecto, dicen lo siguiente: «Una mentira como respuesta, o un silencio incómodo, llevan al sujeto a la no existencia en este punto: se exilia, se calla, delira. (…) El niño, investigador en potencia, queda desconcertado frente a la exploración que se le niega: hacen de él un tonto, un loco, un inocente. Hasta que se encuentre con otro que acepte el desafío de reactivar la pregunta».

«Solo queremos señalar el impresionante derrumbe del universo simbólico, para los niños y adultos infantilizados cuando se los deja en un estado de desolación con el pretexto falaz de que ‘no pueden comprender’. Así, el hilo de la palabra puede cortarse radicalmente. En este punto, el nombre del padre, garante de la palabra dada, ya no puede seguir funcionando.»

«En general, cuando el mundo se vuelve absurdo los niños tienden a pensar que son ellos que causaron la catástrofe, pues no pueden explicarlo de otra manera. (…) es preferible imputarse la causa de un hecho inexplicable o pasarle la causa a otro que afrontar un hecho sin causa. Esta estrategia de supervivencia es una de las más eficaces frente al campo extraño e inexplicable de lo Real.»

A medida que el sujeto crece va construyendo un mundo por fuera de su núcleo familiar, desde ese mundo recibe el empuje que le permite plantear el interrogante con mayor firmeza, en ese mundo encuentra al otro que, solidarizándose con su causa, participa de manera fundamental en el esclarecimiento de su origen. Ese otro es, posiblemente, el primero en quien el sujeto (luego de muchas andanzas) se reconoce como ser. Es el primer paso del movimiento de reconstrucción, el Sancho Panza con el que se inicia la búsqueda quijotesca.

Cuando el sujeto se encuentra con la verdad que ha forzado debe afrontar, aún, una profunda sensación de incertidumbre y soledad.

Carina Barbará

«Para mí todo eso causó un shock tan grande, tan grande que… esa historia que me pertenecía pero que en un momento nadie custodió, nadie preservó. En esos momentos lo que me interesaba era buscar datos, buscar piezas para poder armar el puzzle, para mí era una gran incertidumbre decir, de repente, ‘ahora no pertenezco a esta familia’, pero entonces, ¿quién soy? ¿Qué soy? Y, ¿de dónde vengo?».

Gisela, de Búsqueda

«Yo sé lo que siente esa persona que acompaño, yo sé lo que es ir a golpear esa puerta y decir ‘¿Qué se viene del otro lado?’. Porque para vos todo es desconocido y el otro es desconfiable, vos ya no confiás en nada. Yo los llevo y les digo ‘ella sí te puede dar confianza’…».

Gisela se refiere a Mercedez Yáñez de la oficina de Derechos Humanos. Mercedes ha creado un lugar para atender exclusivamente casos vinculados con el derecho a la identidad. La creación de dicha oficina rememora la situación en que se ha fundado el psicoanálisis: un sujeto llega en situación de vulnerabilidad a presentar un enigma, Mercedes escucha la tragedia que el sujeto le relata y en ese preciso instante advierte la necesidad de inventar en el centro del Estado un alojamiento al sujeto que hace el relato. Su escucha y su invención implican la subversión de la acogida que ese sujeto ha tenido desde el momento de su nacimiento, ofrece la posibilidad de reparación de los lazos sociales que se han quebrantado desde el minuto cero hasta la fecha, su encuentro con un funcionario de Estado que es capaz de reconocer un fallo en su función, más allá del desenlace de esa historia, de la posibilidad de llegar a ubicar a la madre biológica de la que violentamente lo han separado. Ese encuentro, de por sí, inicia la posibilidad de reconstitución de la confianza en el otro, de reparación de la garantía de la palabra que el acontecimiento traumático y las sucesivas repeticiones del mismo han lesionado estrepitosamente, es el encuentro de una diferencia en la insistencia de lo mismo.

Mercedez Yáñez (Derechos Humanos)

«Apareció una persona de más de cincuenta años que pedía hablar con la jefatura porque estaba buscando a su madre biológica, era adoptado y había encontrado a su hermano gemelo, entonces, venía a pedir ayuda, si podían localizar a su madre. ‘¡Epa! Dije yo, ¿de qué se trata esto?’. Como no tenía espacio porque eran todos boxes, no se me ocurrió mejor idea que llevarlo a la cocina de los empleados. Cuando comenzó a relatar su historia personal, cargada de emociones y de cosas privadas, yo cerré la puerta y me dediqué a escucharlo. Había andado por muchos lugares, por el Registro Nacional de las Personas pidiendo que identificaran a su madre, porque tenía homónimos, y lo habían tratado de loco: ‘¿Cómo te vamos a dar a vos información de la persona que te abandonó, y qué sé yo que vas a hacer, capaz que sos un loco de la guerra y la matás’. Estas fueron las respuestas, entonces ahí tomé conciencia de la problemática de la adopción legal. Llegué hasta el despacho del director, pedí hablar con él y le dije: ‘Vos y yo no estamos cumpliendo con nuestro deber’ y a las 48 horas traje en mis manos el proyecto de creación de la oficina de Derechos Humanos para atender exclusivamente el derecho a la identidad».

La obra dramática de Griselda Gambaro, «El nombre», vista desde la óptica de lo que previamente se plantea ilustra, por un lado, el estado de melancolía que puede inundar a un sujeto aplastado por una situación traumática. Por otra parte, el cambio subjetivo que se produce a partir de un encuentro efectivo con otro. Se trata de la historia de María, una empleada doméstica que adopta, pasivamente, la identidad que cada una de las «señoras» para las que trabaja le va poniendo, de acuerdo con el significado que ese nombre impuesto tiene para su propia historia, imposición que María acepta tan pasivamente como todos los malos tratos de los que es objeto.

Esta afirmación de la protagonista respecto de su propio nombre da testimonio, por un lado, de que el suyo (el que porta) ya ha sido sustituido. Por otra parte muestra el desprecio sobre su propia identidad que han tenido aquellos que han realizado la operación, desprecio que vuelve a encontrar en las sucesivas patronas. En tanto que el otro inicial ha quebrantado el valor de la identidad y la situación se reedita, la falta de consideración hacia su propia identidad es, al mismo tiempo, la muestra de la caída del otro en sí. Lo traumático en ella, sin embargo, no abandona la búsqueda de alguien que pueda reflexionar su trauma.

Por distintas razones que concluyen en la falta de necesidad de sus servicios, esos encuentros con el otro se cortan pero no se destituyen, conservan su eficacia. María comienza a desfallecer, a perder la vitalidad, no puede desempeñar bien sus funciones, se duerme, se olvida, se pierde. Es decir, ya no responde a las funciones que se le asignan, esa falta de respuesta es producto de ese efímero encuentro con el otro, no es funcional, en su falta de vitalidad da muestras ahora de algo distinto, se niega a cumplir el mandato de estar a disposición de la historia de otro. «Pensé si podía tener un tiempo mío, ¿Pero cómo tenerlo? ¿Y qué haría con él?», se cuestiona María.

La forma que lo encuentra es atravesar la locura y con ella dar cuenta de la historia de su padecer hasta llegar a dar con el origen de su dramática, ubicado en el carácter falso de su propio nombre, nombre del cual se despoja asumiendo, luego, la responsabilidad de volver a nominarse a falta del otro verdadero, de aquel que debió de dar su nombre al nacer.

Para concluir, es necesario destacar que «Nacidos Vivos» no es una mera demostración de la afectación que acontece a un conjunto de sujetos que han sido víctimas de un delito, sino que desmenuza el carácter del tipo de delito del que se trata: la continuidad de un linaje es aplastada por el poder de una historia que dispone de los medios para imponerse, aprovechando el estado de vulnerabilidad de otra.

Se trata del usufructo de la desgracia del otro y la construcción de una fabulación la que intenta borrar las huellas de un crimen. Se trata de advertir que cualquier acción dirigida a otro, sin tener en cuenta su historia, su modo, su nombre y su cultura en nombre del bien o del mal, cosifica al sujeto, deteriora el lazo social con el otro, crea las bases para el desarrollo de todo tipo de comportamientos considerados marginales, que no hacen más que dar muestra del abuso de poder, de un conjunto social, en posición de dominio, sobre otro en estado de vulnerabilidad.

Artículo elaborado por el escritor Gabriel Guerrero.