En 1998 Pablo Demaio comenzó a trabajar en la escuela secundaria y, desde entonces, se mantiene en el ámbito de la educación. Veinte años de trabajo en la escuela secundaria deben ser síntoma de experiencia. Pablo es cordobés, biólogo, profesor de Ciencias Naturales en nivel medio y universitario, doctor en Ciencias Biológicas y mentor.

Si tenemos en cuenta el trayecto y lo que vivenciaste en los últimos años, ¿qué temas considerás indispensable debatir con los alumnos y cuáles deberían evitarse?

«Evitarse, ninguno: de eso estoy seguro. Creo que el tema central de la escuela media es lograr que las personas discriminen claramente entre hechos y opiniones, el combustible indispensable para el pensamiento crítico genuino. Hablo de crítico en el sentido popperiano de poner a prueba nuestro conocimiento y, de esa manera, mejorarlo y mejorar nuestras vidas. Y para eso es indispensable tener buenos docentes, bien formados en sus respectivas disciplinas. No creo que haya mucho misterio en esto, aunque los ambientes educativos están tan enrarecidos con pseudociencias y gurúes que, a veces, se pierde de vista lo obvio.»

Decís lo obvio, ¿a qué te referís con eso?

«Que la clave de un buen sistema educativo es la excelencia de sus docentes, los que están en la “trinchera”, en la interacción con los estudiantes. Elegidos entre los mejores, bien preparados y, como consecuencia de esos méritos y no al revés, bien remunerados por su trabajo y socialmente reconocidos. Es evidencia empírica que muchos teóricos de la educación se niegan a considerar.»

¿En qué o dónde observás pseudociencias en educación?

«Por pseudociencias yo entiendo disciplinas que se pretenden científicas, sin serlo. En ese sentido, las materias de enseñanza de las ciencias no parecen ser los vectores de difusión de esos tópicos. El psicoanálisis como modelo de funcionamiento de la psiquis humana es quizás la única pseudociencia que se enseña explícitamente en la escuela media, consecuencia de su inexplicable -en términos epistemológicos- permanencia como paradigma de la psicología en las universidades argentinas.

Donde no hay ciencia es en el sistema educativo como tal: falta una teoría científica del aprendizaje y una enseñanza que la tenga en cuenta. En cambio, hay una parafernalia (a veces irritante) de teorías de la enseñanza y el aprendizaje que periódicamente cambian el vocabulario pedagógico, como si la ciencia tratara de cambiar las palabras.

Son gurúes educativos -a menudo ideologizados- que se ponen de moda y arrastran a docentes y autoridades gubernamentales a ensayos muchas veces irresponsables, desconociendo las técnicas probadas por la experiencia y la tradición educativas. Esas «escuelas» han deteriorado la calidad de la educación en todo el mundo, pero especialmente en un sistema altamente centralizado y controlado gubernamentalmente como el argentino.»

Retomo tus palabras: “Buenos docentes, bien formados en sus respectivas disciplinas”, ¿considerás que el modelo de formación docente actual cumple ese rol?

«La mayoría de los institutos de formación docente priorizan el aprendizaje de ‘discursos pedagógicos’ por sobre las disciplinas y los conceptos a enseñar. Los resultados están a la vista.»

Estar en la “trinchera”, me permito disentir, muchas veces no es sinónimo de excelencia. Los docentes pueden hacer amar
u odiar una asignatura. ¿Estamos preparados para discutir con los alumnos la infinidad de temas que se presentan?

«Estar en el aula te da la oportunidad de estar en contacto con la realidad, eso por sí mismo tampoco garantiza nada. Pero un docente atento a lo que ve, dispuesto a plantearse hipótesis sobre las mejores formas de hacer su tarea, y dispuesto a ponerlas a prueba, es algo que el sistema educativo no promueve, ni desde la formación ni en el trabajo.»

¿Cuál es el perfil del docente requerido en 2020?

«Insisto con lo mismo: profundo conocimiento de su disciplina y entrenamiento en la moderna psicología cognitiva orientada al aprendizaje. Lo demás es accesorio.»

En el contexto social actual pareciera que militar está de moda. ¿Crees que la militancia (ambiental, política, etcétera) es una
actividad que debe fomentarse o desalentarse en la escuela media?

«Los militantes de cualquier cosa -al menos como entendemos el término en Argentina- son lo opuesto al pensamiento crítico genuino. Hay que fomentar la discusión crítica de todos los temas, aspirando a mejorar nuestra comprensión del mundo y no a imponer nuestra visión a priori de cómo son o deberían ser las cosas. Un militante en Argentina es un evangelista, un convencido que además está convencido de que su misión es convencerte. No me interesa discutir con esa gente.»

¿Qué motivó la elección de tu carrera?

«Nunca tuve que elegir mi carrera, desde que tengo memoria dije que quería ser biólogo -y así me lo hacían saber mis padres y tíos en las reuniones familiares-. Creo que si hubiera nacido en el Siglo XIX habría dicho que quería ser un ‘naturalista’, en ese sentido amplio que, como profesión, ya no existe.»

¿Qué aconsejarías a un estudiante que está deliberando sobre su profesión futura o no se interesa en ninguna profesión?

«Que no se ponga ansioso, que averigüe qué demanda el mercado laboral, y que se prepare en consecuencia.»

En esta misma línea, ¿qué necesitan saber los estudiantes que están eligiendo profesiones científicas?

«Que tendrán que dedicar su vida a estudiar, esa es toda una decisión.»

Existe vida por fuera del CONICET

En 2006 surgió la posibilidad de hacer una tesis doctoral, título que logró en 2012, trabajando en sus ratos libres. Actualmente, es Profesor Asociado de Botánica para Agronomía en la Universidad Nacional de Catamarca.

¿Cómo visualizás que la mayor parte de los egresados de carreras científicas ven el ingreso al CONICETcomo su única
opción? ¿Aconsejarías a un alumno que quiere dedicarse a la investigación científica elegir al CONICET?

«La ciencia en Argentina está virtualmente monopolizada por el CONICET, lo cual quita libertad a los futuros científicos a la hora de decidir sobre su carrera. Yo no creo que sea posible una recomendación general, abstracta, sobre cuál sería la mejor elección. Cada individuo conoce mejor que nadie sus opciones y posibilidades, y debería decidir haciendo uso de esa información.

Por supuesto, el CONICET es el camino estándar. Pero no es el único. Y no deberían pensar en Argentina como la única opción. Con un inglés razonable y una dosis de osadía, el mundo está lleno de oportunidades.»

De hecho, tu carrera transcurrió independientemente del ingreso a CONICET, ¿fue una desventaja?

«No fue una decisión meditada, pensando en el largo plazo; en el momento de optar elegí otras posibilidades. Al momento de recibirme, no estaba interesado en las oportunidades del mundo académico. Cuando maduré un interés científico particular, siempre me sentí más cómodo trabajando con más libertad. Las desventajas de no estar en el CONICET en un sistema altamente centralizado como el argentino, donde no hay una tradición de búsqueda de fuentes de financiación alternativas ni prestigio académico fuera de los organismos oficiales son evidentes: cuesta mucho más encontrar fondos para posibles trabajos y cuesta mucho más lograr el reconocimiento de tus pares.»

Aunque tenga sus “desventajas”, ¿existen oportunidades para dedicarse a la investigación independientes del sistema
nacional?

«En mi profesión no muchas, dada la tradición científica argentina, muy ligada al CONICET y a la financiación estatal. Sin embargo, mi propia experiencia demuestra que, al menos en algunos casos, es posible. Los investigadores argentinos no tenemos el hábito de “vender” nuestro trabajo a posibles fuentes de financiación. Sin embargo, hay muchas personas interesadas en el desarrollo científico que estarían dispuestas a financiar proyectos si los consideran interesantes y realizables, con independencia de su utilidad práctica inmediata. La gente disfruta del conocimiento, y estaría dispuesta a colaborar si se le diera la oportunidad. Otra fuente posible son las diversas fundaciones y organismos internacionales que existen para proyectos de todo tipo; hay que bucear por internet y escribir
planes atractivos, y en algún momento el dinero para trabajar puede llegar. No digo que sea sencillo, pero es posible. En mi caso particular, el dinero destinado a producir publicaciones de divulgación me permitió financiar los viajes de campo de la tesis.»

Científico desde la cuna, tu trayectoria académica y docente te dan un panorama interesante de la política de Ciencia y
Tecnología de Argentina, ¿qué consideras necesario mejorar en ella?

«Las cosas realmente se transforman de abajo hacia arriba. Por eso no confío mucho en los cambios de ‘políticas’. Mientras el sistema educativo prepare a las personas como empleados obedientes, los investigadores también se comportarán como tales. Creo que sería deseable que aparezcan investigadores jóvenes capaces de conseguir recursos de manera autónoma, capaces de formar grupos de trabajo independientes, que no deban pasar años a la sombra de investigadores poderosos y bien establecidos para abrir líneas nuevas o innovadoras.

Entiendo que la ciencia –como tantas otras cosas en Argentina- necesita más libertad. Pero la libertad es dura, no te la financia el Estado, de manera que hay que estar dispuestos a salir a la calle como todo el mundo a buscarse un lugar, sin garantías de ninguna clase. Y eso sucederá cuando una masa crítica de investigadores se comporte de esa manera, con independencia de lo que dicten los
políticos de turno. No sé si algún día sucederá, pero me gusta pensar que sí.»

En este contexto, ¿cómo visualizas la divulgación científica en Argentina?

«Hay un crecimiento de la actividad de divulgación científica, eso parece auspicioso. Las redes y las plataformas digitales ayudan mucho a ese desarrollo. Creo hay un mercado en desarrollo para la buena divulgación, cada vez hay más científicos que se interesan en la comunicación masiva de su trabajo. Yo veo buenas perspectivas.»