¿Cómo un hombre que fue torturado de pequeño puede llegar a ser el precursor del teatro social argentino y de corrientes posteriores como el absurdismo y el existencialismo? ¿Cómo un hombre sencillo, inspirado en crímenes y suicidios, puede convertirse en el primer autor moderno de la República Argentina? ¿Qué tiene de especial la sección policiales en los periodistas, para que luego se conviertan en grandes escritores? Fue Roberto Arlt quien pudo lograr todos estos reconocimientos, pero nunca supo el legado que dejó.
ArltRoberto Godofredo Christophersen Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900. Hasta el 2011 se creía que había nacido el 2 o el 7 de abril, dado que su partida de nacimiento y registro de su bautismo estaban desaparecidos.
Fue el hijo “cuasi único” de un seno familiar de inmigrantes pobres recién llegados al país, instalados en el barrio porteño de Flores, que hablaban alemán. Su madre, según diversas versiones, era de nacionalidad austro-húngara, o italiana de Trieste, en la frontera con Eslovenia. Lo que es seguro es que su nombre era  Ekatherine Lostraibitzer y que su habla era italiana. Su padre, el prusiano de Posen, Karl Arlt, era soplador de vidrio y confeccionaba tarjetas postales “art nouveau”. Roberto tuvo dos hermanas que fallecieron de tuberculosis cuando eran pequeñas y que solo se conoce el nombre de una de ellas, Lila.
Karl Arlt era muy autoritario con su hijo. Siempre que el muchacho cometía alguna travesura, el padre lo amenazaba: “mañana cuando amanezca te voy a azotar”, y el pequeño Roberto, asustado, no podía dormir en toda la noche, mirando su reloj para saber cuánto le faltaba para los golpes matutinos. A los 16 años su padre abandonó el hogar para nunca más volver y esta relación familiar fue llevada a los textos del escritor.
Desde los 8 años se fue expulsado de muchas escuelas, y en su adolescencia comenzó a trabajar en varios rubros. Fue pintor de brocha gorda, mecánico, ayudante de biblioteca, soldador, trabajador portuario, aprendiz hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y muchas labores más.

Imagen: www.caricaturasjm.unlugar.com

Imagen: www.caricaturasjm.unlugar.com


Tenía la ilusión de inventar objetos para ganar plata. Un matasellos y una máquina de prensar ladrillos fueron las primeras herramientas para comenzar a idear, aunque nunca le fue bien. Años más tarde formó una sociedad con un amigo que sería el socio capitalista, el actor Pascual Naccaratti, la cual se llamó ARNA (ARlt + NAccaratti), y montaron un laboratorio químico en Lanús. El único invento que llegaron a concretar y patentar fueron unas medias reforzadas con caucho, que según otro amigo “parecían botas de bombero”. Este episodio de inventor fue parte de la composición de algunas de sus obras.
En 1916 comenzó a escribir por necesidades económicas y llegó a publicar su primer cuento, “Jehová”, pero tuvo poco éxito.
el-juguete-rabiosoSu actividad periodística se remonta a 1926, cuando ingresó a trabajar en la revista “Don Goyo”. Desde esa época empezó a codearse con grandes literarios porteños y se hizo amigo del novelista y poeta Ricardo Güiraldes (autor de “Don Segundo Sombra”), quien le ofreció trabajo como secretario en su revista “Proa”. Y fue en ese año que publicó su primera obra maestra, “El juguete rabioso”, que rompió los estándares del momento. Relata la historia de un joven que se ve en la necesidad de iniciarse como delincuente y termina traicionando a todos. Describe lo que en esos años nadie quería ver: la vida de los conventillos, la llegada de inmigrantes, la Argentina oculta.
El título original era “La Vida Puerca”, pero Güiraldes le sugirió “El juguete rabioso” para que la gente no se alarme y pueda llegar a consumirlo.
Esto le permitió colocarse en un alto escalón social junto a otros literarios que pertenecían al grupo de Florida, compuesto por Güiraldes, Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Norah Lange y Leopoldo Marechal, entre otros. Este grupo creó la revista “Proa” y “Martín Fierro”, era completamente elitista y promovía una estética vanguardista.
Los de Florida eran antagónicos al grupo de Boedo, compuesto por Roberto Mariani, Leónidas Barletta, Elías Castelnuovo, Enrique Amorim, Lorenzo Stanchina y Álvaro Yunque, entre otros. Veían al arte desde el ángulo social, eran inmigrantes o descendientes, y de izquierda. Crearon la revista “Dínamo”, “Extrema izquierda” y “Los pensadores”. Fueron el primer movimiento de literatura política y social argentina.
Roberto Arlt, que tenía más relación literaria con los de Boedo y más relación de amistad con los de Florida, iba boyando de un grupo al otro.
Foto: www.avataresletras.com.ar

Foto: www.avataresletras.com.ar


Luego, entre 1927 y 1928, trabajó para la sección de policiales del diario “Crítica”, donde tomó gran parte de esas historias para plasmarlas más tarde en sus relatos. En ese último año comenzó a trabajar en el diario “El Mundo” donde se hizo realmente conocido por sus crónicas “Aguafuertes porteñas”. En ellas describía la realidad política y social de Buenos Aires, en una época donde se creía que nuestro país era próspero. Recién en 1933 recopiló todas sus redacciones de los dos diarios y la revista en la publicación de dos tomos “Aguafuertes porteñas”. También en ese año publicó otra controvertida historia, “El Jorobadito”.
En 1930, “El Mundo” lo envió a Uruguay y Brasil, y en 1940 a Chile, para realizar crónicas de viajes. Pero, entre 1935 y 1936, lo enviaron a España y Marruecos, países donde pudo observar y destacar en sus redacciones el trabajo rudo de las campesinas marroquíes y las costumbres árabes, que compusieron “Aguafuertes españolas” (1936).
La Isla Desierta

La Isla Desierta


En la década de 1930 incursionó en el género teatral, al cual le dedicó sus últimas obras. “Trescientos millones” (1932) que relata, a modo fantástico, el suicidio de una mucama (historia basada en un hecho real que tuvo que cubrir como periodista) y luego, en 1936, “Saverio el cruel” y “El fabricante de fantasmas”. En 1938 creó “África” y “La isla desierta”, y en 1940 “La fiesta de hierro”, todas ellas estrenadas por Arlt en el circuito de teatro independiente de Buenos Aires, sobre todo en el Teatro del Pueblo, con dirección de Leónidas Barletta. Para el circuito comercial solo se estrenó “El fabricante de fantasmas”, pero con la suerte que lo caracterizó en su vida, un rotundo fracaso.
Tras unas cuantas obras literarias y teatrales, finalmente falleció un día como hoy, 26 de julio, pero en 1942, con escasos 41 años por un paro cardíaco.
Sus obras, a comienzos del Siglo XX, fueron muy criticadas y luego de su muerte extremadamente elogiadas. Y sin embargo, nunca supo que, como literario, fue un gran inventor y como inventor fue un gran literario.
Novelas
1926 – El juguete rabioso.
1929 – Los siete locos.
1931 – Los lanzallamas.
1932 – El amor brujo.
Cuentos
1933 – El jorobadito (Buenos Aires, Librerías Anaconda).
1941 – Viaje terrible (publicado en “Nuestra Novela”, año 1, nº 6, 11 de julio).
1951 – El criador de gorilas (en Obras de Roberto Arlt, volumen 6, Buenos Aires, Futuro), ilustrada por Enrique Sobisch.
1972 – Regreso (Buenos Aires, Corregidor).
Teatro
1932 – Trescientos millones (Buenos Aires, Victoria).
1938 – Separación feroz (diario El Litoral, nº especial, Santa Fe, 1 de enero).
1950 – Saverio el cruel, El fabricante de fantasmas, La isla desierta, 300 millones (en Obras de Roberto Arlt, volumen 9, Buenos Aires, Futuro).
1952 – El desierto entra en la ciudad (Buenos Aires, Futuro).
Teatro estrenado
1930 – El humillado (capítulo de Los siete locos).
1932 – Trescientos Millones.
1936 – Saverio el cruel.
1936 – El fabricante de fantasmas.
1938 – África.
1938 – La isla desierta.
1940 – La fiesta de hierro.
1952 – El desierto entra en la ciudad (farsa dramática en cuatro actos, escrita en 1942. Prólogo de Mirta Arlt. Buenos Aires, Editorial Futuro, 1952, p. 102).
Aguafuertes
1933 – Aguafuertes porteñas.
1936 – Aguafuertes españolas (primera parte, Buenos Aires, Talleres Gráficos Argentinos).
Ediciones posteriores
1960 – Nuevas aguafuertes porteñas (Buenos Aires, Hachette).
1973 – Aguafuertes porteñas (Buenos Aires, Losada).
1975 – Nuevas aguafuertes porteñas (Buenos Aires, Losada).
1969 – Entre crotos y sabihondos (Buenos Aires, Edicom).
1969 – Cronicón de sí mismo. El idioma de los argentinos (Buenos Aires, Edicom).
1969 – Las muchachas de Buenos Aires (Buenos Aires, Edicom).
1971 – Aguafuertes españolas (Buenos Aires, Compañía General Fabril).
1981 – D. C. Scroggins, Las aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, recopilación, estudio y bibliografía (Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas).
Obras completas
1951 – Obras de Roberto Arlt (Buenos Aires, Futuro).
1981 – Obra completa (prefacio de Julio Cortázar, 2 volúmenes, Buenos Aires, Carlos Lohlé).
Adaptaciones al teatro y al cine
Cine
“300 Millones”, de Simón Feldman.
“Los siete locos”. Director: Leopoldo Torre Nilsson, 1973.
“Saverio el cruel”. Director: Ricardo Wullicher, 1977.
“El juguete rabioso”. Director: José María Paolantonio, 1984.
“El juguete rabioso”. Director: Pablo Torre, 1998.
Televisión
“Noche terrible”, adaptación del cuento homónimo. Dirección: Rodolfo Kuhn, 1967.
“Pequeños propietarios” (1974).
“Noche terrible” (1983).
“Prueba de amor”, dirigida por Laura Bro (1972).
“300 Millones” (Carlos Muñoz, (S/F)
“El jorobadito” y “Noche Terrible”, Alejandro Doria (1996).
“El juguete rabioso”, Javier Torre, 1998.
Algunos cuentos de “Aguafuertes Porteñas”
Divertido origen de la palabra «squenun»
En nuestro amplio y pintoresco idioma porteño se ha puesto de moda la palabra «squenun».
¿Qué virtud misteriosa revela dicha palabra? ¿Sinónimo de qué cualidades psicológicas es el mencionado adjetivo? Helo aquí:
En el puro idioma del Dante, cuando se dice «squena dritta» se expresa lo siguiente: espalda derecha o recta, es decir, que a la persona a quien se hace el homenaje de esta poética frase se le dice que tiene la espalda derecha; más ampliamente, que sus espaldas no están agobiadas por trabajo alguno sino que se mantienen tiesas debido a una laudable y persistente voluntad de no hacer nada; más sintéticamente, la expresión «squena dritta» se aplica a todos los individuos holgazanes, tranquilamente holgazanes.
Nosotros, es decir el pueblo, hemos asimilado la clasificación, pero encontrándola excesivamente larga, la redujimos a la clara, resonante y breve palabra de «squenun».
El «un» final, es onomatopéyico, redondea la palabra de modo sonoro, le da categoría de adjetivo definitivo, y el modo grave «squena dritta» se convierte en esta antítesis, en un jovial «squenun» que, expresando la misma haraganería, la endulza de jovialidad particular.
En la bella península itálica, la frase «squena dritta» la utilizan los padres de familia cuando se dirigen a sus párvulos, en quienes descubren una incipiente tendencia a la vagancia, es decir, la palabra se aplica a menores de edad que oscilan entre los catorce y diecisiete años.
En nuestro país, en nuestra ciudad mejor dicho, la palabra «squenun» se aplica a los poltrones mayores de edad, pero sin tendencia a ser compadritos, es decir, tiene su exacta aplicación cuando se refiere a un filósofo de azotea, a uno de esos perdularios grandotes, estoicos, que arrastran las alpargatas para ir al almacén a comprar un atado de cigarrillos y vuelven luego a su casa para subir a la azotea donde se quedarán tomando baños de sol hasta la hora de almorzar, indiferentes a los rezongos del «viejo», un viejo que siempre está podando la viña casera y que gasta sombrero negro, grasiento como el eje de un carro.
En toda familia dueña de una casita, se presenta el caso del «squenun», del poltrón filosófico, que ha reducido la existencia a un mínimo de necesidades, y que lee los tratados sociológicos de la Biblioteca Roja y de la Casa Sempere.
Y las madres, las buenas viejas que protestan cuando el grandulón les pide para un atado de cigarrillos, tienen una extraña debilidad por este hijo «squenun».
Lo defienden del ataque del padre que a veces se amostaza en serio, lo defienden de las murmuraciones de los hermanos que trabajan como Dios manda, y las pobres ancianas, mientras zurcen el talón de una media, piensan consternadas ¿por qué ese «muchacho tan inteligente» no quiere trabajar a la par de los otros?
El «squenun» no se aflige por nada. Toma la vida con una serenidad tan extraordinaria que no hay madre en el barrio que no le tenga odio… ese odio que las madres ajenas tienen por esos poltrones que pueden enamorarle algún día a la hija. Odio instintivo y que se justifica, porque a su vez las muchachas sienten curiosidad por esos «squenunes» que les dirigen miradas tranquilas, llenas de una sabiduría inquietante.
Con estos datos tan sabiamente acumulados, creemos poner en evidencia que el «squenun» no es un producto de la familia modesta porteña, ni tampoco de la española, sino de la auténticamente italiana, mejor dicho, genovesa o lombarda. Los «squenunes» lombardos son más refractarios al trabajo que los «squenunes» genoveses.
Y la importancia social del «squenun» es extraordinaria en nuestras parroquias. Se le encuentra en la esquina de Donato Álvarez y Rivadavia, en Boedo, en Triunvirato y Canning, en todos los barrios ricos en casitas de propietarios itálicos.
El «squenun» con tendencias filosóficas es el que organizará la Biblioteca «Florencio Sánchez» o «Almafuerte»; el «squenun» es quien en la mesa del café, entre los otros que trabajan, dictará cátedras de comunismo y «de que el que no trabaja no come»; él que no ha hecho absolutamente nada en todo el día, como no sea tomar baños de sol, asombrará a los otros con sus conocimientos del libre albedrío y del determinismo; en fin, el «squenun» es el maestro de sociología del café del barrio, donde recitará versos anarquistas y las Evangélicas del latero de Almafuerte.
El «squenun» es un fenómeno social. Queremos decir, un fenómeno de cansancio social.
Hijo de padres que toda la vida trabajaron infatigablemente para amontonar los ladrillos de una «casita», parece que trae en su constitución la ansiedad de descanso y de fiestas que jamás pudieron gozar los «viejos».
Entre todos los de la familia que son activos y que se buscan la vida de mil maneras, él es el único indiferente a la riqueza, al ahorro, al porvenir. No le interesa ni importa nada. Lo único que pide es que no lo molesten, y lo único que desea son los cuarenta centavos diarios, veinte para los cigarrillos y otros veinte para tomar el café en el bar donde una orquesta típica le hace soñar horas y horas atornillado a la mesa.
Con ese presupuesto se conforma. Y que trabajen los otros, como si él trajera a cuestas un cansancio enorme ya antes de nacer, como si todo el deseo que el padre y la madre tuvieron de un domingo perenne, estuviera arraigado en sus huesos derechos de «squena dritta», es decir, de hombre que jamás será agobiado por el peso de ningún fardo.
Apuntes filosóficos acerca del hombre que «se tira a muerto»
Antes de iniciar nuestro grandioso y bello estudio acerca del «hombre que se tira a muerto», es necesario que nosotros, humildes mortales, ensalcemos a Marcelo de Courteline, el magnífico y nunca bien ponderado autor de “Los señores chupatintas”, y el que más amplia y jovialmente ha tratado de cerca al gremio nefasto de los «que se tiran a muerto», gremio parásito e imperturbable, que tiene puntos de contacto con el «squenun», gremio de sujetos que tienen caras de otarios y que son más despabilados que linces. Y cumplido ya nuestro deber con el señor de Courteline, entramos de lleno en nuestra simpática apología.
Hay una rueda de amigos en un café. Hace una hora que «le dan a los copetines», y de pronto llega el ineludible y fatal momento de pagar. Unos se miran a los otros, todos esperan que el compañero saque la cartera, y de pronto el más descarado o el más filósofo da fin a la cuestión con estas palabras:
-Me tiro a muerto.
El sujeto que anunció tal determinación, acabadas de pronunciar las palabras de referencia, se queda tan tranquilo como si nada hubiera ocurrido; los otros lo miran, pero no dicen oste ni moste, el hombre acaba de anticipar la última determinación admitida en el lenguaje porteño: se tira a muerto.
¿Quiere ello decir que se suicidará? No, ello significa que nuestro personaje no contribuirá con un solo centavo a la suma que se necesita para pagar los copetines de marras.
Y como esta intención está apoyada por el rotundo y fatídico anuncio de «me tiro a muerto», nadie protesta.
Con meridiana claridad que nos envidiaría un académico o un confeccionador de diccionarios, acabamos de establecer la diferencia fundamental que establece el acto de «tirarse a muerto», con aquel otro adjetivo de «squenun».
Hacemos esta aclaración para colaborar en el porvenir del léxico argentino, para evitar confusiones de idioma tan caras a la academia de los fósiles y para que nuestros devotos lectores comprendan definitivamente la distancia que media entre el «squenun» y el «hombre que se tira a muerto».
El «squenun» no trabaja. El «hombre que se tira a muerto» hace como que trabaja. El primero es el cínico de la holgazanería; el segundo, el hipócrita del dolce far niente. El primero no oculta su tendencia a la vagancia, sino que por el contrario la fomenta con sendos baños de sol; el segundo acude a su trabajo, no trabaja, pero hace como que trabaja, cuando lo puede ver el jefe, y luego «se tira a muerto» dejando que sus compañeros se deslomen trabajando.
¿El que «se tira a muerto» es un hombre que después de tantas cavilaciones llegó a la conclusión de que no vale la pena trabajar? No. No se «tira a muerto» el que quiere, sino el que puede, lo cual es muy distinto.
El que «se tira a muerto», ya ha nacido con tal tendencia. En la escuela era el último en levantar la mano para poder pasar a dar la lección, o si le conocía las mañas al maestro, levantaba el brazo siempre que este no lo iba a llamar, creyendo que sabía la lección.
Cuando más infante, se hacía llevar en brazos por la madre, y si lo querían hacer caminar, lloraba como si estuviera muy cansado, porque en su rudimentario entendimiento era más cómodo ser llevado que llevarse a sí mismo.
Luego ingresó a una oficina, descubrió con su instinto de parásito cuál era el hombre más activo, y se apegó a él, de modo que teniendo que hacer entre los dos un mismo trabajo, en realidad este lo hiciera, porque tan lleno de errores estaba el trabajo del que «se tira a muerto».
Y los jefes acabaron por acostumbrarse al hombre que «se tira a muerto». Primero protestaron contra «ese inútil», luego, hartos, le dejaron hacer, y el hombre que «se tira a muerto» florece en todas las oficinas, en todas nuestras reparticiones nacionales, aún en las empresas donde es sagrada ley chuparle la sangre al que aún la tiene.
La naturaleza con su sabia previsión de los acontecimientos sociales y naturales, y para que jamás le faltara tema a los caballeros que se dedican a hacer notas, ha dispuesto que haya numerosas variedades del ejemplar del hombre que «se tira a muerto».
Así, hay el hombre que no se puede «tirar espontáneamente a muerto». Lo atrae el dolce far niente, pero este placer debe ir acompañado de otro deleite: la simulación de que trabaja.
Le veréis frente a la máquina de escribir, grave el gesto, taciturna la expresión, borrascosa la frente. Parece un genio, el que le mira se dice:
-¡Qué cosas formidables debe pensar ese hombre! ¡Qué trabajo importantísimo debe de estar realizando!
Inclinémonos ante la sabiduría del Todopoderoso. Él, que provee de alimentos al microbio y al elefante a un mismo tiempo; él, que lo reparte todo, la lluvia y el sol, ha hecho que por cada diez hombres que «se tiran a muertos», haya veinte que quieran hacer méritos, de modo que por sabia y trascendental compensación, si en una oficina hay dos sujetos que todo lo abandonan en manos del destino, en esa misma oficina hay siempre cuatro que trabajan por ocho, de modo que nada se pierde ni nada se gana. Y veinte restantes hacen sebo de modo razonable.
Silla en la vereda
Llegaron las noches de las sillas en la vereda; de las familias estancadas en las puertas de sus casas; llegaron las noches del amor sentimental de «buenas noches, vecina», el político e insinuante «¿cómo le va, don Pascual?». Y don Pascual sonríe y se atusa los «baffi», que bien sabe por qué el mocito le pregunta cómo le va. Llegaron las noches…
Yo no sé qué tienen estos barrios porteños tan tristes en el día bajo el sol, y tan lindos cuando la luna los recorre oblicuamente. Yo no sé qué tienen; que reos o inteligentes, vagos o activos, todos queremos este barrio con su jardín (sitio para la futura sala) y sus pebetas siempre iguales y siempre distintas, y sus viejos, siempre iguales y siempre distintos también. Encanto mafioso, dulzura mistonga, ilusión baratieri, ¡qué sé yo qué tienen todos estos barrios! Estos barrios porteños, largos, todos cortados con la misma tijera, todos semejantes con sus casitas atorrantas, sus jardines con la palmera al centro y unos yuyos semi florecidos que aroman como si la noche reventara por ellos el apasionamiento que encierran las almas de la ciudad; almas que solo saben el ritmo del tango y del «te quiero». Fulería poética, eso y algo más.
Algunos purretes que pelotean en el centro de la calle; media docena de vagos en la esquina; una vieja cabrera en una puerta; una menor que soslaya la esquina, donde está la media docena de vagos; tres propietarios que gambetean cifras en diálogo estadístico frente al boliche de la esquina; un piano que larga un vals antiguo; un perro que, atacado repentinamente de epilepsia, circula, se extermina a tarascones una colonia de pulgas que tiene junto a las vértebras de la cola; una pareja en la ventana oscura de una sala: las hermanas en la puerta y el hermano complementando la media docena de vagos que turrean en la esquina. Esto es todo y nada más. Fulería poética, encanto misho, el estudio de Bach o de Beethoven junto a un tango de Filiberto o de Mattos Rodríguez.
Esto es el barrio porteño, barrio profundamente nuestro; barrio que todos, reos o inteligentes, llevamos metido en el tuétano como una brujería de encanto que no muere, que no morirá jamás.
Y junto a una puerta, una silla. Silla donde reposa la vieja, silla donde reposa el «jovie». Silla simbólica, silla que se corre treinta centímetros más hacia un costado cuando llega una visita que merece consideración, mientras que la madre o el padre dice:
-Nena, traete otra silla.
Silla cordial de la puerta de calle, de la vereda; silla de amistad, silla donde se consolida un prestigio de urbanidad ciudadana; silla que se le ofrece al «propietario de al lado»; silla que se ofrece al «joven» que es candidato para ennoviar; silla que la «nena» sonriendo y con modales de dueña de casa ofrece, para demostrar que es muy señorita; silla donde la noche del verano se estanca en una voluptuosa «linuya», en una charla agradable, mientras «estrila la d’enfrente» o murmura «la de la esquina».
Silla donde se eterniza el cansancio del verano; silla que hace rueda con otras; silla que obliga al transeúnte a bajar a la calle, mientras que la señora exclama: «¡Pero, hija! Ocupás toda la vereda».
Bajo un techo de estrellas, diez de la noche, la silla del barrio porteño afirma una modalidad ciudadana.
En el respiro de las fatigas, soportadas durante el día, es la trampa donde muchos quieren caer; silla engrupidora, atrapadora, sirena de nuestros barrios.
Porque si usted pasaba, pasaba para verla, nada más; pero se detuvo. ¿Quién no se para a saludar? ¿Cómo ser tan descortés? Y se queda un rato charlando. ¿Qué mal hay en hablar? Y, de pronto, le ofrecen una silla. Usted dice: «No, no se molesten». Pero, ¿qué? Ya fue volando la «nena» a traerle la silla. Y una vez la silla allí, usted se sienta y sigue charlando.
Silla engrupidora, silla atrapadora.
Usted se sentó y siguió charlando. ¿Y sabe, amigo, dónde terminan a veces esas conversaciones? En el Registro Civil.
Tenga cuidado con esa silla. Es agarradora, fina. Usted se sienta, y se está bien sentado, sobre todo si al lado se tiene una pebeta. ¡Y usted que pasaba para saludar! Tenga cuidado. Por ahí se empieza.
Está, después, la otra silla, silla conventillera, silla de «jovies» tanos y galaicos; silla esterillada de paja gruesa, silla donde hacen filosofía barata ex barrenderos y peones municipales, todos en mangas de camiseta, todos cachimbo en boca. La luna para arriba sobre los testuces rapados. Un bandoneón rezonga broncas carcelarias en algún patio.
En un quicio de puerta, puerta encalada como la de un convento, él y ella. Él, del Escuadrón de Seguridad; ella, planchadora o percalera.
Los «jovies», funcionarios públicos del carro, la pala y el escobillón, dan la lata sobre «eregoyenisme». Algún mozo matrero reflexiona en un umbral. Alguna criollaza gorda, piensa amarguras. Y este es otro pedazo del barrio nuestro. Esté sonando “Cuando llora la milonga” o “La patética”, importa poco. Los corazones son los mismos, las pasiones las mismas, los odios los mismos, las esperanzas las mismas.
¡Pero tenga cuidado con la silla, socio! Importa poco que sea de Viena o que esté esterillada con paja brava del Delta: los corazones son los mismos…