Pasaron unos instantes apenas, pero el tiempo parece haberse detenido porque la luminosa Rosario Bléfari dejó el mundo terrenal. Sí, ya no está aquí. Está en una dimensión en la que podrá leer esos libros que enlistó hace unos días, como aquellos que hay que leer después de morir. Su carrera le corrió a la etiqueta: era música, escritora, actriz y todo eso a la vez. Rosario nació el 24 de diciembre de 1965 en Mar del Plata pero vivió un tiempo en Bariloche y luego en Buenos Aires. Su última parada fue Santa Rosa, donde vivió sus últimos días hasta este lunes 6 de julio.

En el cine

Su debut fue con “Pobre mariposa” de Raúl de la Torre. Durante ese año también trabajó en una película alemana llamada “Ein Blinck und die Liebe brich us” pero, principalmente, en “Dolly vuelve a casa” (1988) de Martín Rejtman, cortometraje recuperado para una retrospectiva del director en el marco de un BAFICI.

Su película icónica sería “Silvia Prieto” del propio Rejtman, en la que interpretaba al personaje del título. Una comedia seminal del Nuevo Cine Argentino, estricta y única. Cómo olvidarse de la escena del teléfono público en el que Rosario llamaba a una “Silvia Prieto”. En el medio participaría de “Yo, la peor de todas” de María Luisa Bemberg y de la extraña “1.000 boomerangs” para luego cargarse al hombro la escena indie nacional. Tuvo participaciones en “Un mundo misterioso” (2011) de Rodrigo Moreno, protagonizó “La idea de un lago” (2016) de Milagros Mumenthaler. También la veríamos en “Los Dueños” (2013) de Ezequiel Radusky, con quien haría su última película, la semi-póstuma “Planta Permanente” (2019), que tuvo proyecciones en la última edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y que pasó virtualmente por el Festival Construir Cine, aunque se espera un estreno comercial.

En la literatura

Editó tres libros de poemas: “Poemas en prosa” (2001), “La música equivoca” (2009) y “La música equivocada”. También escribió dos obras de teatro: “Somos nuestro cerebro” (2003) y “Somos nuestros genes” (2005), ambos para EUDEBA. También incursionó en la prosa: “Mis ejemplos” (2016) y “Las reuniones” (2018). Se espera la edición de “Diario del dinero” que se editará en el transcurso de este año y al que lo describió como “una cosa que escribí durante años, material de análisis para economistas y sociólogos, divertimento posible para chismosos y para los que se preguntan cómo vive una tipa como yo”.

Asimismo, fue la responsable de una columna de literatura como divulgadora en el ciclo vespertino “Todavía es temprano” en 2013 en la TV Pública. Allí sus recomendaciones se salían de la norma y el promedio de lo urgente, para dar a conocer producciones de escritores y escritoras independientes o pocos conocidos, pero que merecían un espacio más importante.

En la música

De la misma manera que “Silvia Prieto” fue parte de la corriente fundadora de un fenómeno cinematográfico, Suárez hizo lo propio con la música indie en Argentina. Desde “Hora de no ver” (1994) abrazaron el sonido low-fi y las ediciones furtivas de sus discos. El indie, una etiqueta amplísima si las hay, refiere más a un modo de producción que a un estilo musical, y es así que Suárez aprovechó el fenómeno que su música generaba en España. De tal manera, se editaron allí “Galope” y “Excursiones”, los dos discos más emblemáticos de la banda.

Rosario hizo su vida musical propia, luego del distanciamiento con Suárez, para editar “Cara” (2002), “Estaciones” (2004) y “Misterio relámpago” (2006), estos dos últimos probablemente sus mejores trabajos solistas. Armó dos bandas paralelas con las que participaba de manera esporádica: Sué Mon Mont y Los mundos posibles. Nunca abandonó el espíritu del indie ni las presentaciones en vivo para un público selecto, ese que la seguía fielmente. Con Suárez volvería años más tarde, en una presentación sorpresa durante la edición 2015 del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, a raíz del estreno de un documental sobre la banda.

La mancomunión de las artes audiovisuales, la performance y la música, era algo que Rosario entendía muy bien. No es casual que Esteban Sapir (“Picado fino”, “La antena”) dirigiera el videoclip de “Morirían” en 1994. En esa intersección entre Suárez y un director único se daba, además, una legitimidad de una corriente que avanzaba sobre los anquilosados paradigmas de producción. La escena de una Buenos Aires protagonizada por una juventud que vagaba las noches y los festivales alternativos como “Buenos Aires no duerme” y demás espacios para saciar la sed de una contracultura abría los brazos para la novedad. Rosario fue esa novedad. En el sentido más honesto de la palabra. Partir y renunciar. Viento helado.