El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, escribió en 1921 la obra cumbre que lleva por título esta nota. El tema principal de dicho ensayo es la oposición insalvable entre las demandas pulsionales, léase el deseo insaciable del Ello, y el corsé que nos impone la cultura. Y la culpa como consecuencia de este antagonismo. Entonces, mientras más se desarrolla la cultura, mayor malestar. De ahí el nombre de este escrito. Por eso, también decir que el tema principal del malestar en la cultura es la culpa.

Asociada a ella, nos va a introducir también la pulsión de destrucción o Thanatos (muerte, en griego), que no sería otra cosa en realidad que la tendencia innata a un regreso a lo inorgánico y que la eliminación de la misma es el motivo real de la restricción social.

Vida y muerte, civilización y pulsión, creación y destrucción, expansión y retracción, son entonces, dos fuerzas en eterna lucha.

A la luz de los hechos actuales, Freud se haría un festín. Su obra suena más actual que nunca. Y no solo por el malestar ceñido a la cultura sino por sus no menos polémicos aportes respecto al Edipo, la castración, la ley y el goce. La discusión cotidiana sobre si permitir o abolir, liberar o castigar, priorizar salud o pulsión (goce)… nos deja desnudos frente a la realidad que seguimos siendo niños inmaduros esperando que papi Estado o mami Argentina nos amparen, protejan, amamanten, vistan, eduquen, etcétera.

Cuando se habla del Estado es risible que se lo humanice, cuando todos conformamos el Estado, igual que Argentina. Y como la psicología colectiva es la sumatoria de las psiques individuales, no es de extrañar que de la misma forma que hacemos con nuestro niños/as interiores o nuestros arquetipos anima/animus, hombre/mujer, femenino/masculino, en el sentido de no asumirlos e integrarlos y proyectarlos más fácilmente fuera, haciendo (culpables) de todo a lo externo y cayendo víctimas de la histeria en cuanto a que si hay más restricción, nos quejamos, y si no la hay suficiente, también.

Alguno dirá, claro, esto es muy del argento… vivimos con el tango hecho carne. Una melancolía y queja que son marcas registradas.

Hace poco di una charla sobre los diferentes trastornos de apego y cómo diversos estudios en bebés desde los primeros días de vida revelaban la importancia de un sano vínculo donde la presencia de la función cuidadora, alternando esa presencia con algunos periodos de ausencia para ir enseñando la frustración pero que,al final de cuentas, siempre podrá contar con ese sostén y acompañamiento. En otras palabras, ver la luz al final del túnel (hay que pasar el invierno). Pero esto será objeto de otra nota.

Lo dicho, en esa época de nuestras vidas, es crucial para nuestro posterior desarrollo, ya que nos permitirá recursos y herramientas de afrontamiento para esa sociedad que nos va a frustrar, para ese papá Estado o mamá Argentina que nunca podrán satisfacernos, ya sea por falta o por exceso.

El Edipo nos permite entender que mamá o papá están prohibidos, donde es la ley del padre la que instaura su sepultamiento. Si esto no está bien tramitado, seguiremos esperando de papá Estado vigilancia y castigo. O, por el contrario, procuraremos violentar la ley. La castración va de la mano, entendiendo que somos sujetos venidos en falta, pero que al mismo tiempo, somos los únicos capaces de llenar esa falta… no esperando que papá Estado o mamá Argentina lo hagan por nosotros. Pasarán formas de gobierno, sistemas, presidentes, etcéteras que nada cambiará o todo cambiará de maquillaje para que nada cambie.

La única manera de lidiar con esa culpa insoportable, masoquista o destructiva es hacia adentro, volviéndonos nuestros propios padres y madres y dándonos el sostén, amor y cuidado que quizá no recibimos de niños. De lo contrario, seguiremos esperando la carroza (fúnebre del Thanatos).

Artículo elaborado especialmente para puntocero por Alejandro Di Vagno.