Podríamos comenzar diciendo «ama a tu prójimo como a ti mismo». ¿Desde qué lugar lo podría estar diciendo? Vamos a verlo desde mi yo interior, desde lo que tengo internalizado, lo que se de mi conmigo mismo, desde mi universo amplio y ancho hacia el prójimo, hacia un otro. Y la claridad llega cuando siento que está todo bien conmigo, que puedo convivir con lo que soy y con lo que construí en función de mí y de los demás. Por eso, cuando estamos listos o preparados para amar al prójimo, es porque estamos en paz con nuestra pareja interior.

De manera natural, el ser humano alcanza una vida plena cuando este crece en el amor. Desde que nacemos, tenemos la oportunidad de experimentar lo que es el amor a través del lazo materno y/o paterno o como quieran llamarse o definirse la o las personas que llevarán a cabo la crianza. Serán los proveedores de alimento, confianza, sostén, educación, de vida en libertad, los que nos enseñarán a ganar y a perder, siempre intentándolo sin bajar los brazos. Y también son los que nos mostrarán lo que es la frustración. En este sentido, la frustración es un sentimiento no grato pero posible de experimentar en cualquier momento de la vida y hay que estar preparados para ello. No se puede ganar siempre en la vida, habrá decepciones, caídas, cambios, transformaciones.

Entonces, una vez que la persona logra este «matrimonio interior», este internalizar a la familia, estará en condiciones de salir a buscar su alma gemela. O salir a la vida en perfecta soledad. Y quiero detenerme en este punto para dar claridad a lo que significa “internalizar a la familia”. Según Roland D. Laing, desde muy pequeños internalizamos (como una forma de trasposición, transición o modulación de lo externo a lo interno) a la familia como sistema. Lo que se internaliza no son objetos como tales sino pautas de relación.

De esta manera, la familia internalizada es un sistema temporo-espacial y lo que la une, como diría Jean Paul Sartre, es la internalización recíproca de sus miembros. Que luego se transfiere a los distintos modos vinculares, por ejemplo: en el trabajo proyectando en nuestros jefes a nuestros padres, o a nuestros hermanos en los compañeros, etcétera.

Pero también tenemos que hablar del “otro yo” que llevamos incorporado dentro junto a nosotros y es un convidado que no fue invitado a nuestra convivencia de ninguna manera.

Se trata de la vida que cualquier persona vive con la piel que habita. Una vida que la verdad y, por lo general, no es color de rosa y viene acumulando secretos, mandatos, pérdidas, temores, etcétera. Y esto se va acumulando. ¿Dónde? Podríamos llamarla mochila, o como la conocemos de la mano de Carl Gustav Jung, es nuestra sombra, nuestro gemelo oscuro.

En este terreno ganado por la sombra, el amor o el escaso amor, se ve como una falta y complota para avanzar sobre la desvalorización de uno mismo. ¿Cuánto me valoro? ¿Qué pienso de mí? ¿Cómo me veo? ¿Cómo me ven los demás?

El cómo me ven los demás actúa como un espejo en mí y lo que ese espejo refleja no es más que nuestra propia luz y nuestra propia sombra.

¿Qué es la ley del espejo?

Esta es, ni más ni menos, que la manera o el camino de cómo utilizarlo para alcanzar tu propia evolución personal. El mundo exterior funciona como un espejo, reflejando tanto nuestra luz como nuestra sombra, y lo verdadero aquí es que lo que vemos es nuestro mundo interior.

¿Te paso alguna vez sentirte molesto/a por la forma de actuar de otra persona? Va un ejemplo fácil: dos personas convivientes tiene a una de ellas sumamente ordenada, estricta y tiene que verlo todo perfecto, mientras que la otra persona es todo lo contrario. Seguramente, la persona ordenada tenga a menudo rabia e incomprensión hacia su pareja por no conseguir que haga las cosas como le gusta a la persona ordenada.

Esta ley lo que pretende es la observación hacia nosotros mismos para ver lo que nos molesta, lo que podemos cambiar o no, lo que a veces decimos “esto me hace ruido”, es decir, obtener autoconciencia.

En este punto es útil echar mano al autoconocimiento personal encontrando el equilibrio y la aceptación en nuestro interior. En nuestra pareja interna de luz y sombra. Poder reconocerlas y actuar en consecuencia, esta posición nos lleva a reconocer un trabajo arduo, sinuoso, difícil pero sanador y de encuentro con otro y de nosotros mismos.

Para finalizar este análisis, quiero citar a un psicólogo humanista, Carl Rogers, quien dedicó su investigación psicológica al enfoque centrado en la persona.

Carl Rogers ejerció una influencia indeleble sobre la psicología y la psicoterapia, así como su enfoque centrado en el ser interior de cada individuo pudiendo desglosar, analizar e intentar acomodar el difícil rompecabezas de las personas.

Rogers nos habla de el self (yo) ideal, es «el concepto de sí mismo que la persona anhela y al cual le asigna un valor superior» (Rogers, 1959, p. 200). El self es una estructura sujeta a un cambio constante, razón por la que requiere una re definición continua. Cuando el self ideal difiere significativamente del self real, la persona se siente insatisfecha e inconforme y, por ende, sufre problemas neuróticos. La capacidad de percibirse con claridad y, al mismo tiempo, aceptarse, representa un signo de salud mental. El self ideal es un modelo hacia el cual se dirigen todos los esfuerzos. A la inversa, en la medida en que difiera de la conducta y los valores reales, el self ideal inhibe la capacidad de desarrollo.

Una breve referencia a un caso ilustra lo anterior. Un estudiante planeaba abandonar la universidad. Al igual que en la secundaria, donde su desempeño fue excelente, los cursos universitarios no le planteaban ningún problema. Abandonaba la universidad, explicaba, porque había obtenido una C en una asignatura. La imagen que tenía de sí mismo -es decir, la de ser siempre el mejor- se veía en peligro a causa de dicha calificación. El único plan de acción que podía trazarse era huir, dejar el mundo académico, negar la discrepancia entre su desempeño real y la visión ideal que tenía de sí mismo. Aseguraba que, en lo sucesivo, se esforzaría por ser «el mejor» en alguna otra actividad. Para proteger su imagen ideal, este joven estaba dispuesto a interrumpir sus estudios. Viajó por todo el mundo, ocupado en una multitud de actividades. Cuando se le volvió a ver, consideraba ya la posibilidad de que acaso no fuera necesario ser el mejor desde el principio, aun cuando le costara explorar cualquier actividad que encerrara la posibilidad del fracaso. El self ideal puede convertirse en un obstáculo para la salud personal cuando difiere en gran medida del self real. Con frecuencia, las personas que sufren las tensiones que crean tal contradicción se niegan a percibir las diferencias entre los actos y los ideales. Por ejemplo, algunos padres aseguran que harán «cualquier cosa» por sus hijos, cuando la realidad es que sus obligaciones les resultan demasiado onerosas y, por ende, no pueden cumplir con su promesa. De lo anterior resultan hijos confundidos y padres renuentes o incapaces de reconocer tal discrepancia.

Te invito a husmear tu pareja interna y qué se refleja y, a su vez, en otros para encontrar lo que te fortalece y da vida en busca de esa felicidad que siempre llevamos dentro.

Artículo elaborado especialmente para puntocero por Silvia Sproviero.