No das más. Cuánta rutina en tan pocos días. Te cuestionás si vas a seguir yendo a trabajar, hasta que recordás que no es algo que puedas considerar. El alquiler, los servicios y la comida necesitan pagarse. Después te replanteás dejar la facultad, pero pretendés una vida ambiciosa, así que volvés a estar cara a cara con tu realidad.

¿Por qué no puede haber un modo más simple de llevar el pasar de los días?

No hay quien te cuente lo monótono que se transforma satisfacer las necesidades de la casa, cocinarte todos los días en cada comida, solo querés que te agasajen después de tanto esfuerzo. Llegás a un nivel extremo de pereza y pensás: ¿tan necesarios son los cubiertos?

Cocinás una milanesa de carne, pollo o berenjena, según lo que te tiente. La sacás del horno y ahí se prende la lamparita.

¿Por qué utilizar un plato, si puedo comer esto entre dos panes?

En el Siglo XVIII, el inglés John Montagu, cuarto conde de Sándwich, se vio embelesado por los juegos de naipes. Tal es así que, incluso, olvidaba comer en el día. Para no ensuciarse los dedos ni los naipes, optó por utilizar dos panes para ensamblar la delicia que debía ingerir durante el almuerzo y la cena.

Sabemos que en diversas ocasiones la obsesión y la pereza no tienen buenos resultados. Pero como toda regla, tiene su excepción.

Cuando sientas frustración por lo agobiante que pueden ser tus responsabilidades, recordá que podés ser un conde o una condesa y recompensarte con un buen sándwich. Y esta invención tiene una fecha de celebración: el 3 de noviembre es el Día Internacional del Sándwich.

Artículo elaborado especialmente para puntocero por Mica Vitello.

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