Escribo desde el dolor, la incomprensión, el enojo, la traición, mi llanto por ella sin poder hacer nada. La impotencia de una acción que no puedo ejercer. Parálisis corporal.

Todas las criaturas, desde que nacen hasta que comienzan a valerse por sí mismas, dependen exclusivamente de sus adultos responsables. Alimento, descanso, higiene, hábitat posible, cuidadores amorosos y respetuosos de estos seres inocentes.

El respeto es la consideración, acompañada de cierta sumisión, con que se trata a una persona o una cosa por alguna cualidad, situación o circunstancia que las determina y que lleva a acatar lo que dice o establece o a no causarle ofensa o perjuicio.

Retomo la última parte de la definición sobre la palabra respeto que dice “o a no causarle ofensa o perjuicio”.

Por supuesto que una persona joven o adulta podría causar ofensa o perjuicio hacia otra u otras personas, pero: ¿a una criatura de tres años faltarle el respeto, ofenderla, ultrajarla y, lo más inquietante, marcarla para el resto de su vida? Un acto brutal que ultraja a todos. Una violación a la inocencia llevada a cabo por la persona menos pensada. Por la persona que en apariencia brindaba confianza, señales de apego y amor.

Estas bestias que abusan, los agresores, generalmente no usan la fuerza física, pero pueden usar el juego, el engaño, amenazas u otros métodos coercitivos para “enganchar” a los niños y niñas, a los jóvenes y a las jóvenes haciéndoles mantener su silencio.

Y quiero agregar a modo de aporte que me parece importante, sobre la prevención que podríamos hacer entre todos para evitar esta aberración llamada abuso infanto-juvenil porque, como sociedad, hay muchas acciones que podemos llevar a cabo para reducir la prevalencia del abuso sexual infantil, aunque a veces no sea posible para todos los padres o adultos garantizar la protección del niño o niña. El abuso sexual infantil es un problema que se desarrolla en secreto, así que hablar abierta y públicamente acerca del problema echará luz y mejorará los esfuerzos de prevención.

En este punto es de suma importancia educar a nuestros niños y niñas. Necesitan saber que sus cuerpos les pertenecen y que son privados y que no tienen que hacer caso a todo lo que un adulto les diga. Además, hay que enseñar a las niñas y niños los nombres correctos de los genitales.

Y sepamos los adultos que el abuso sexual siempre se desarrolla en secreto, así que hablar de una manera pública y abierta mejorará los esfuerzos de la prevención. Hablar con las niñas y niños y explicarles la diferencia entre sorpresa y secreto. Que todo y de todo se habla con las personas en quien confía. Con las personas que el niño o niña siente conexión plena.

Y si sucediera, como le sucedió a ella, responderemos haciendo todo lo posible para protegerlas/los, pidiendo que apliquen las leyes en contra de los abusadores y buscando cuidados de salud mental y médicos efectivos. Se puede ayudar a los niños y niñas a recuperarse de estas experiencias y, en el proceso, proteger a otros.

Finalmente, para ella, el deseo de toda recuperación posible: física, mental, social, espiritual, relacional… aunque el daño está hecho.

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